Cómo hacerle aikido al régimen de Delcy Rodríguez

El resurgir de los partidos opositores pasa por apropiarse de la agenda que el chavismo dicta desde la Asamblea Nacional, convirtiéndola en un campo de presión contra el poder

En un artículo previo, habíamos sugerido que la oposición activase la movilización para conquistar un lugar seguro en la mesa de negociación de la transición, donde, hoy solo Delcy y Trump parecen tener voz y voto. El objetivo no es frenar la transición, sino volverla imposible sin garantías de que la transición acabe resultando en un régimen efectivamente democrático.

Para evitar desgastar la energía popular con una convocatoria de calle sin retorno por un objetivo poco creíble, debe apostar a reconstruir la confianza de la masa social con una convocatoria periódica, previsible y sostenida en el tiempo, una vez a la semana, por ejemplo, en día fijo, que al mismo tiempo sirviese para testear cuán dispuesto está el chavismo a reprimir, con consignas menos combativas y más orientadas a forzarle la mano en concesiones tímidas que el Rodrigato ya estuviese ofreciendo.

Un posible ejemplo de este tipo de demanda era la exigencia de la liberación del Movimiento Estudiantil y las asociaciones de familiares de presos políticos. Las movilizaciones se han vuelto recurrentes en el último par de semanas. La anticipada represión no llega, y escenas como la de representantes estudiantiles de la UCV confrontando directamente a Delcy Rodríguez  parece abonar a la renovación del espíritu contestatario de la sociedad venezolana. El inesperado anuncio de una Ley de Amnistía y del cierre del Helicoide empiezan a sentirse como conquistas arrancadas para un sector del país acostumbrado a la infertilidad de su lucha. No obstante, son conquistas con límites —el re-encarcelamiento de Juan Pablo Guanipa como gesto disciplinador para la dirigencia política sigue delatando sensibilidades del régimen, pero también sus fracturas internas (choques entre alas moderadas y duras) y oportunidades para nuevas luchas.

Con la persistencia de la Ley de Odio, la ilegalización de las ONG, el desconocimiento de cuál será la redacción definitiva de la Ley de Amnistía, la vigencia de las estructuras de terrorismo de Estado y los demás centros de detención, realmente no se puede estar seguro de que el actual proceso de liberalización política no pueda sufrir reveses si cambia el capricho del Ejecutivo Nacional. No obstante, siguen siendo victorias que contagian a otros sectores: un grupo de trabajadores exigiendo la actualización del salario mínimo logró manifestarse frente al TSJ sin sufrir represión.

Hay un gran ausente: los partidos políticos y María Corina Machado, quien estando en el extranjero no logra entablar genuina relación con las movilizaciones. Hay un riesgo de que sin una organización política-partidaria detrás de estas reivindicaciones se pierda la oportunidad de producir un verdadero movimiento que presione al gobierno en pos de la re-democratización.

Falta la activación de un liderazgo y una organización nacional que propongan un programa político donde estas demandas puedan reconocerse como conectadas, y donde las fuerzas de los múltiples sectores sociales del país afectados por la desidia del Estado puedan potenciarse mutuamente.

Y de vuelta, el riesgo de la oposición no es solo quedar afuera del tren de la transición cuando este parta, sino que también las reformas económicas del Rodrigato, auspiciadas por los intereses petroleros de Estados Unidos, puedan producir un nuevo boom del consumo y de bienestar económico que eventualmente desincentive la protesta política, cuando los sectores más escépticos del cambio o de las ventajas de la lucha por la democracia empiecen a creer que liberalización económica sin liberalización política es un acuerdo aceptable tras décadas de declive social.

¿Cómo recuperar, entonces, esta pieza faltante en la coyuntura política nacional?

En busca de los partidos

Por lo pronto, el retorno de Machado a Venezuela es improbable mientras no haya garantías a su seguridad. Tampoco creemos que sea estrictamente necesario que ella vuelva para producir un movimiento democrático organizado. Lo importante es recuperar las instancias de organización de base que, con el ejemplo de los Comanditos, sabemos son posibles en nuestro país, más cuando el costo de la represión parece estar subiendo.

En este caso, la oposición necesita apostar a una estrategia que apele menos a la confrontación abierta y más a hacerle aikido al régimen. El aikido, como arte marcial, se centra en la idea de usar la fuerza de tu adversario en su contra. En términos políticos, la oposición no necesita en este momento imponer una agenda de transición alternativa al chavismo, sino tomar la que Delcy y Jorge Rodríguez proponen y profundizarla. Donde vea una pequeña rejilla abrirse, allí empezar a poner el pie hasta abrir la puerta y poder pasar. Y el chavismo ya está dando una oportunidad de esto en cuanto a la reorganización del sistema partidario.

Jorge Rodríguez, como presidente de la Asamblea Nacional, anunció que el PSUV buscará reformar el Código Electoral. Pocos días después, el CNE anuncia la suspensión temporal del periodo de registro y revalidación de partidos políticos. Una hipótesis es que, ante la exigencia de alguna forma de liberalización política por parte de Estados Unidos, el chavismo facilite la normalización de los partidos intervenidos por el Poder Judicial y el cese de inhabilitaciones a dirigentes políticos que hoy no pueden ir a elecciones u optar por cargos públicos.

Sea este o no el caso, los partidos de la oposición tienen que aprovechar la ventana de oportunidad para reactivar sus estructuras militantes convocando asambleas de vecinos, cabildos abiertos, incluso apostar a entablar diálogo con juntas comunales para poner en debate popular la agenda legislativa que el propio chavismo está proponiendo.

El liderazgo de Machado podría convocar a movilizaciones en los días de debate no para oponerse a sus discusiones, sino para exigir que las demandas del pueblo sean escuchadas en las reformas por venir.

Esto exige, de parte de la oposición, alguna pedagogía política: demostrar que esto no es sencillamente una claudicación, sino que, por el contrario, la transición a la democracia es un proceso gradual, que amerita estrategia política. También sagacidad, madurez, y crucialmente organización y el compromiso activo de la ciudadanía mientras se van conquistando nuevas parcelas de libertad para seguir profundizando progresivamente la lucha. Este tipo de convocatoria debe estar orientada a que los partidos puedan reoxigenar sus cuadros y darle legitimidad a los planteamientos que puedan hacerle al PSUV al momento de tratar la reforma en el recinto parlamentario.

Obviamente, se abre cierta tensión. La oposición legítima ante los ojos de la población justamente adquiere esta condición por haberse rehusado por completo a competir en las elecciones legislativas de 2025, y por tanto, carecen de curules en la Asamblea. Viceversa, aquellos diputados autodenominados de oposición carecen de credibilidad para encarar a la masa opositora. Pero esto no tiene que ser visto como un impedimento para las fuerzas democráticas, que pueden seguir apostando a presionar al Poder Legislativo desde afuera. Por ejemplo, el liderazgo de Machado podría convocar a movilizaciones en los días de debate no para oponerse a sus discusiones, sino para exigir que las demandas del pueblo sean escuchadas en las reformas por venir.

Por un lado, claramente no habrá garantías que todas las demandas sean escuchadas y que las reformas que la oposición-fuera-de-la-asamblea se traduzcan en legislación efectiva, pero el rédito en capital militante y en capital organizativo para los partidos políticos valdrá más que el propio resultado en el debate legislativo, pues esa acrecentada organización se convierte en el nuevo piso para movilizaciones futuras.

Pero por otro, también hay que pensar que al apuntar a la Asamblea Nacional como foco de movilización, no solo se presiona al chavismo, sino que también se puede apostar a forzarle la mano a aquellos diputados que se autodenominan de oposición, pero cuya credibilidad es cuestionable. De vuelta, al tratarse de un juego político, el maximalismo moral con el que se juzga la legitimidad de los dirigentes opositores pueden ser un obstáculo en reconocer que no hace falta que los Capriles Radonski de la AN2025 sean efectivamente, de todo corazón, opositores.

Un efecto del 3 de enero fue también que el propio Capriles, otrora detractor de Machado, le elogiase su lugar de liderazgo —probablemente movido por un cálculo político. Pero justamente, son estos intereses políticos los que las fuerzas democráticas pueden explotar, son estas líneas de posición las que la oposición puede apostar a profundizar, torciéndole la mano no solo al gobierno, sino también a estos diputados, presionándolos a ellos también a tener que dar cuenta de la organización popular afuera de la Asamblea. Entablar vasos comunicantes con estos diputados no contaminaría la lucha democrática si se parte del principio de la necesidad de un pragmatismo estratégico.

En la medida en que los medios empleados no atenten contra el fin buscado, que es la consolidación de una democracia sin violencia —con memoria, verdad y justicia—, a la oposición le convendrá sopesar sus alternativas con menos pudor moral y más madurez política.