La nostalgia venezolana es una trampa que dificulta imaginar el futuro
La necesidad de digerir los traumas de la transformación y la migración masiva están fosilizando un culto al pasado que invisibiliza las posibilidades que podemos construir a partir de nuestro presente

Torres del Saladillo, ubicadas en el Casco Central de Maracaibo. Foto: Mauricio Ocando.
“Gran parte de nuestras conversaciones sobre Venezuela giran en torno a lo que fue: programas de televisión, música vieja, festivales culturales que ya no existen. Hablar de mañana es casi siempre un silencio o una broma amarga”.
Así lo dice Valentina Rodríguez, estudiante de periodismo de la Universidad del Zulia (LUZ), mientras su madre, Lidys Hernández, trabajadora social, asiente en silencio. Para ambas, y para muchas familias en Maracaibo, la conversación sobre el país se desplaza automáticamente hacia recuerdos que alguna vez les producían alegrías: los conciertos en el Estadio Luis Aparicio, las ferias regionales o los paseos familiares que marcaban los domingos.
Yo también crecí en Maracaibo, entre historias de éxodo familiar y relatos de logros que ya no se repiten, y con 22 años he visto cómo la memoria funciona simultáneamente como consuelo y límite para proyectar horizontes nuevos. “Es como si el futuro no tuviera nombre. Incluso nosotros, que ya tenemos años, hablamos del pasado como si fuera la única certeza”, expresa Lidys.
Venezuela enfrenta una paradoja histórica: su pasado compartido se ha convertido en espacio psíquico dominante, mientras que su futuro se percibe como territorio vacío o amenazante.
Esta paradoja no es solo un fenómeno local, sino una tendencia global que hoy vemos en diversas sociedades, donde líderes políticos apelan a un ayer idealizado —el caso del “Make America Great Again” en Estados Unidos— para movilizar afectos y justificar programas políticos. En Venezuela, sin embargo, esa tensión adquiere una forma dramática porque una parte significativa de la población ha abandonado el país, otra vive en supervivencia continua, y pocos pueden imaginar con certeza lo que vendrá.
La pérdida estructural de población a causa de la migración masiva —incluyendo profesionales, jóvenes y familias— no es solo una fuga de capital humano; es un desplazamiento de memoria, de afectos y de expectativas colectivas.
Memoria y nostalgia: entre el pasado y el porvenir
En la literatura sociocultural sobre migración y memoria se observa que la nostalgia no es una idealización abstracta del pasado, sino una forma concreta de Transnational Migrant Nostalgia, un fenómeno que conecta emocional y simbólicamente a los migrantes con su país de origen mientras negocian su vida en el lugar de destino. Esta nostalgia no es solo un conjunto de recuerdos íntimos, sino un mecanismo que permite sostener la identidad, reforzar la pertenencia a una comunidad y organizar emocionalmente la experiencia de desplazamiento, ayudando a lidiar con condiciones adversas, incertidumbre y precariedades cotidianas en ciudades que no son su hogar original.
Por ejemplo, venezolanos en Perú recuerdan los olores de las areperas de Caracas, las largas colas en mercados emblemáticos o las bromas típicas de barrio, y activan esos recuerdos como dispositivos que les permiten mantener un sentido de continuidad y dignidad en medio de la migración. Estos recuerdos no necesariamente implican un proyecto concreto de retorno, ni una reconstrucción física de Venezuela; en cambio, generan un “porvenir” simbólico o emocional, un horizonte interno que les permite imaginar escenarios de vida más justos o coherentes con su identidad, aun cuando los años en el país receptor se viven con incertidumbre y tensión. Para algunos, estos recuerdos alimentan un deseo de regresar o de contribuir a cambios en su país de origen; para otros, funcionan principalmente como un sostén afectivo que los ayuda a sentirse menos vulnerables como minoría frente a la sociedad anfitriona, reforzando la identidad compartida de la comunidad venezolana y ofreciendo resiliencia frente al aislamiento o la discriminación.
Desde mi generación, esa memoria heredada aparece más como herida compartida que como proyecto posible, un registro que conserva afectos y pérdidas, que protege contra la fragmentación de la identidad, pero que no siempre se traduce en un horizonte tangible de futuro.
La memoria colectiva puede registrar heridas profundas y reconocer injusticias, pero sin mediación crítica ni reflexión histórica, no se transforma automáticamente en conciencia capaz de proyectar el futuro de manera colectiva.
Este fenómeno no se limita a quienes han salido del país. La circulación de imágenes, sonidos y referencias del pasado reciente dentro de Venezuela —series de televisión, paisajes urbanos icónicos o símbolos culturales de una ciudad que ya no existe tal como la recordamos— muestra cómo muchos se aferran a un tiempo que ya no corresponde con las condiciones materiales y políticas actuales. Esta manera de recuperar lo vivido no siempre es simplemente evocación: también ha sido objeto de reflexión en la crítica cultural y literaria venezolana.
Por ejemplo, en el ensayo “Fugas de la nostalgia: memorias excéntricas sobre el fin del siglo XX venezolano”, Magdalena López analiza cómo novelas como Pim Pam Pum (1998), La última vez (2007), Bajo tierra (2009) y Valle Zamuro (2011) construyen un archivo alternativo de la memoria de los años noventa. Estas obras muestran cómo los recuerdos de un pasado cercano se organizan en relatos complejos que no idealizan la nostalgia ni reproducen discursos polarizados; en cambio, permiten explorar la subjetividad, la experiencia cotidiana y las emociones de generaciones anteriores, mostrando que la memoria literaria puede servir para interpretar el presente más que para proyectar un futuro colectivo concreto.
El ensayo “Memoria social y literatura: escenas y personajes de la Venezuela contemporánea” de la investigadora Leonor Mora Salas, examina cómo la narrativa breve venezolana producida a comienzos del siglo XXI construye y registra lo que se ha llamado memoria social. A través del análisis hermenéutico de relatos publicados entre 2004 y 2012, Mora Salas muestra que la literatura contemporánea no se limita a describir hechos, sino que elabora imágenes del pasado y del presente que modelan la identidad colectiva y la imaginación social, funcionando muchas veces como repertorio de experiencias, procesos y prácticas sociales sin traducirse directamente en proyectos de cambio o en visiones de futuro compartidas.
La memoria en la literatura venezolana evidencia que la escritura sobre el pasado se vuelve parte del patrimonio simbólico de la sociedad y sirve para interpretar quiénes somos y cómo llegamos hasta aquí, pero no siempre se traduce en una base para proyectos sociales o políticos futuros. Esta memoria cultural actúa como archivo de imágenes, voces y experiencias que estructura el imaginario colectivo y preserva identidades, afectos y pérdidas compartidas.
La tensión entre archivo emocional y conciencia histórica se vuelve más clara cuando observamos gestos simbólicos dentro de Venezuela. La idea del cierre del Helicoide y la apertura de sus puertas al público resumen décadas de represión y control. Para Joselyn Martínez, sentada con un café ya frío, estas noticias no generan alivio, sino que funcionan como recordatorio de lo que existió: “Esto no es reconciliación. Esto es administrar el daño después de haberlo normalizado durante años”. La memoria colectiva puede registrar heridas profundas y reconocer injusticias, pero sin mediación crítica ni reflexión histórica, no se transforma automáticamente en conciencia capaz de proyectar el futuro de manera colectiva.
“Cuando una sociedad pasa demasiado tiempo resolviendo únicamente cómo sobrevivir, el pensamiento abstracto y la imaginación social se atrofian.”
En este sentido, aunque la memoria colectiva puede mantener viva la experiencia compartida de un tiempo que ya no existe, su función predominante en contextos de trauma o crisis es la de archivo emocional: conserva afectos, pérdidas y formas de relación con el pasado que ayudan a sostener identidades, comunidades y narrativas internas, sin garantizar por sí sola la construcción de perspectivas de futuro o acciones colectivas claras.
El escritor Rodrigo Blanco Calderón advierte que la nostalgia puede “falsear la experiencia”: transformar recuerdos en relatos funcionales que esquivan la complejidad del presente y el desafío de construir el futuro.
Miradas desde adentro y desde afuera
José Ortega, académico de LUZ, reflexiona: “Cuando una sociedad pasa demasiado tiempo resolviendo únicamente cómo sobrevivir, el pensamiento abstracto y la imaginación social se atrofian. No porque la gente sea incapaz, sino porque el entorno castiga cualquier forma de proyección que no sea inmediata.”
Para Ortega, ese castigo no es solo material —salarios precarios, falta de oportunidades laborales— sino simbólico: el sistema cultural absorbe la energía cognitiva disponible.
María Colina, politóloga venezolana radicada en Argentina, complementa: “La memoria no solo reconforta; muchas veces actúa como muro frente a cualquier idea de cambio. Si el pasado parece más completo que el presente, hablar del futuro se vuelve doloroso y casi prohibido”.
En la clínica privada Los Olivos de Maracaibo, en una sala de espera con sillones desgastados y ventiladores que apenas giran, dos hermanos observan un canal de televisión local que repite un concurso antiguo de 1990. Los aplausos, los jingles y la música llenan la habitación con una familiaridad casi dolorosa. No hay noticias, no hay debate, no hay futuro; solo ecos de lo que alguna vez los hizo sentirse orgullosos y felices.
“¿Te acuerdas de esto?” pregunta Marlene Olivares, de 73 años.
“Sí… y de los conciertos en el Poliedro, los tambores, la farándula”, responde Nervin Torres, su hermano. “Pero, ¿y ahora? ¿Qué hacemos nosotros?”
Marlene baja la mirada y juega con la correa de su bolso. “No sé… parece que todo terminó. Como que nosotros también… nos quedamos ahí”.
La conversación termina en un silencio. Afuera, Maracaibo sigue su ritmo: luces LED parpadeando en postes oxidados, negocios cerrando temprano, motos circulando por avenidas casi vacías. Ellos no discuten política ni economía; discuten un país que se refleja en su propia incapacidad de imaginar más allá de lo que recuerdan. Es el efecto acumulativo de décadas de trauma social y supervivencia forzada.
Porque ese instante, cotidiano y banal, es sintomático. La nostalgia deja de ser refugio y se convierte en prisión. El futuro se mira desde el espejo del pasado, y en la sangre de los venezolanos queda una marca invisible: dificultad de imaginar, resignación como herencia social y retraso cultural internalizado.
En ese escenario, Nervin camina hacia la puerta mientras el sonido de la televisión —el mismo de siempre— queda suspendido en el aire, como un eco de lo que fue y nunca será. La pregunta flotante es ahora una condena: ¿cuánto tiempo más podrá sobrevivir una sociedad mirando hacia atrás en vez de desarrollar la capacidad de mirar hacia adelante? Venezuela no colapsó únicamente por la fuerza: también se dejó sumir en un letargo colectivo, donde recordar fue más seguro que pensar, y callar más cómodo que imaginar. En ese estado, el futuro no fue arrebatado, fue abandonado durante años para confundir silencio con paz y resignación con madurez.
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