La Semana Santa también pone a prueba el cambio en Venezuela
Mientras las familias de los presos políticos rezaban por la libertad de todos, las quemas de Judas se encontraron con que la censura sigue allí

Aunque en Semana Santa muchas personas viajan a las playas, los ríos o los páramos de Mérida, también hay quienes permanecen en las ciudades para respirar las calles más calmadas y, todavía, quienes participan de la agenda de procesiones, misas y encuentros en los templos católicos más importantes.
En Caracas, los palmeros de Chacao inician su ascenso al Ávila en busca de hojas de palma para que sean bendecidas el Domingo de Ramos, mientras que otros feligreses acompañan la procesión del Nazareno en Miércoles Santo, en el centro de la ciudad. Algunos se visten de morado y llevan orquídeas, visitando catedrales y pagando promesas, como se hace en otras partes del país.
En medio de esta agenda eclesiástica, se oye el rezo y el llanto de las madres que piden por la liberación de sus hijos presos. Se preparan para hacer su propio recorrido por los siete templos, una actividad que simboliza el viaje de Jesús al Huerto de los Olivos, pero en esta ocasión, es el propio Getsemaní de las madres venezolanas. Y es que en la Venezuela de hoy no se puede desprender lo religioso de lo político. Una oración puede ser también una denuncia.
Partiendo desde la Iglesia de La Candelaria, las madres, hermanas, hijas y familiares de los detenidos, acompañados de activistas y feligreses, pidieron libertad para todos los presos políticos. “Hay más de 600 personas detenidas en centros crueles e injustos”, expresó Diego Casanova, integrante de Clippve (Comité por la Libertad de los Presos Políticos).
Carlos Julio Rojas, quien ha sido detenido arbitrariamente en cuatro momentos distintos —el último encarcelamiento duró dos años en El Helicoide— pidió libertad plena. “Queremos que cierren El Rodeo, Tocorón y el Fuerte Guaicaipuro”, denunció Jesús Armas, activista y dirigente, quien también estuvo recluido en El Helicoide durante un año y dos meses.
El año pasado, Judas fue “El Injusto”, este año se llamó “El Indiferente”.
“Queremos que cierren todos los espacios donde se han violado los derechos humanos”, exigió Armas en medio de las madres que también exigen la liberación, e incluso la fe de vida de sus hijos, como es el caso de Carmen Navas, de 81 años, quien lleva meses buscando a su hijo desaparecido.
El recorrido por los siete templos finalizó en la Catedral Metropolitana de Caracas, pero las denuncias de los familiares de los recluidos y desaparecidos continúan a través de un rezo, una vigilia o un Judas quemado frente a El Helicoide.
Muchos Judas por quemar
La quema de Judas, la antigua tradición que cierra la Semana Santa en Venezuela, siempre atrae la atención de los medios porque puede ser un síntoma del ánimo de una comunidad —o de la manipulación política— la escogencia del traidor del año, que es arrastrado y vilipendiado antes de entregarse a las llamas. A lo largo del país, Judas tiene distintos nombres: la injusticia, la indiferencia, el vecino que le debe plata a todo el barrio, la jefa de la comuna que denunciaba estudiantes con la policía.
Pero todo reclamo sigue significando un riesgo en Venezuela. Rojas —quien dos días antes había acompañado el recorrido de los siete templos— se vio obligado a suspender la quema de Judas en La Candelaria. Dijo que criminalizar un acto cultural por miedo a la crítica solamente reafirma la permanencia de la dictadura en Venezuela. “Sólo cambió el rostro de Nicolás Maduro por el de Delcy Rodríguez”, dijo.
Hacia el suroeste, en el barrio El Cementerio, llevan 85 años quemando a Judas. La familia Loaiza, que dice haber fundado la tradición en esta zona, organiza la quema junto con la alcaldía de Caracas. El año pasado, Judas fue “El Injusto”, este año se llamó “El Indiferente”. Al muñeco lo habían vestido de traje y corbata, con un sombrero que lo hacía parecer al santo venezolano José Gregorio Hernández, y un vistoso bigote.
En su declaración pública a través de una corneta ya saturada, hacen mención al problema del agua que tiene la comunidad, “¡Pero no se puede hablar de política!”, vuelve a gritar en medio de risas.
La tarde transcurría tranquila. Unos se organizaban para jugar pelotica e’ goma, los niños volaban sus papagayos y los vecinos se reunían frente a la tarima que la parroquia Santa Rosalía había armado. Cuando llegó el momento de la quema, en medio de la música y los silbidos, un hombre alzó la voz para exigir que le quitaran el bigote a Judas. “Ese bigote hace que se parezca a Maduro”, se quejó. Al cabo de unos minutos, ya no había más bigote en el Judas del Cementerio.
Más tarde, al norte de allí, en El Pedregal, los palmeros de Chacao se reunían entre risas y Anís Cartujo para armar su propio Judas: uno de los vecinos del barrio. Los tambores sonaban a medida que la gente se reunía con cerveza y ron en mano. Ya puesto el sol y encendida la noche, uno de los asistentes salió desde la ventana de una casa para declamar el testamento de Judas, no sin antes agradecer —entre risas y burlas— a la policía de Chacao, que se encontraba en el evento magno de El Pedregal. “¡Jalabolas!”, le gritan varias personas desde la calle. “¡No se puede hablar de política!”, les grita el hombre de vuelta. En su declaración pública a través de una corneta ya saturada, hacen mención al problema del agua que tiene la comunidad, “¡Pero no se puede hablar de política!”, vuelve a gritar en medio de risas.
“Ya estamos en democracia”, le responden dos personas repetidamente desde la calle, y por un momento, todo se silencia. ¿Estamos realmente en democracia? Aún no. ¿Nos sentimos más cerca a la democracia que antes? Indudablemente. Gritar eso frente a la policía les dio un aire a libertad. Y con un yesquero y gasolina, quemaron al Judas de El Pedregal y al Indiferente sin bigote en el Cementerio. Pero también quemaron a la Injusticia frente a El Helicoide, donde se consumía frente a los rezos de todas las madres de presos políticos, de sus amigos, y también de algunos de los sobrevivientes de la represión que sometió al país pero no apagó del todo las antorchas.
Caracas Chronicles is 100% reader-supported.
We’ve been able to hang on for 22 years in one of the craziest media landscapes in the world. We’ve seen different media outlets in Venezuela (and abroad) closing shop, something we’re looking to avoid at all costs. Your collaboration goes a long way in helping us weather the storm.
Donate


