24 de junio: bitácora de un bombero voluntario de la UCV
Los Bomberos UCV hacen guardias de 24 horas cada seis días. El miércoles de los terremotos me tocaba a mí. Esto fue lo que viví

Foto por Marcelo Volpe
24 de junio, 09:00: Ciudad Universitaria, estación de Bomberos UCV
Al recibir la guardia, lo primero que hace un bombero voluntario de la UCV es un inventario de los equipos operativos y los insumos, y el estado de los vehículos. Mientras lo hago, pienso que será un día aburrido, un feriado, con poca gente en la universidad, y por tanto pocas posibilidades de que nos llamen para atender algún servicio, y muchas personas en la playa, así que Caracas estaría relativamente tranquila. Tenemos un cuarto de tanque de combustible en nuestra ambulancia, por lo cual estamos restringidos para salir.
“El día pasará rápido”, calculo. “Mañana entregaré la guardia y me iré a clases”.
Cuando no salimos a servicios en la universidad o en la ciudad, hacemos prácticas. En el transcurso de la tarde del 24 de junio practicamos junto con nuestros alumnos de bombero cómo extraer a un paciente de debajo o de adentro de un vehículo, o incluso de situaciones más complicadas, como cuando queda atrapado debajo de una o dos columnas, o en el foso de un ascensor.
24 de junio, 17:00: Ciudad Universitaria, estación de Bomberos UCV
Siete bomberos y tres alumnos estamos de guardia en la estación. Dos efectivos salen en moto a hacer compras para la cena, mientras los demás atienden otros asuntos administrativos. Yo sigo en prácticas con los alumnos.
24 de junio, 18:00: Ciudad Universitaria, estación de Bomberos UCV
A las 18:04, mientras estoy sentado en el patio de la estación junto con los alumnos, recibo en mi teléfono una notificación de Google que advierte de un sismo en mi región. Inmediatamente nos alejamos de la estructura del gimnasio cubierto de la Ciudad Universitaria y nos ubicamos en el punto de encuentro, igual que los demás bomberos que estaban dentro de la estructura. Nuestra estación tiene una vista panorámica desde Bellas Artes hasta Bello Monte. En ese momento todos los edificios parecen hechos de tela o barro. Muchas aves alzan vuelo. Los vehículos y los peatones se detienen en las calles, y más lejos, a los pies de la montaña y hacia el este, el aire se llena de polvo marrón. Son minutos de confusión, de miedo. Ciertamente hubo un sismo pero ¿cuántas personas habrán sido afectadas? ¿Cuál fue su magnitud? ¿Cuáles zonas de Caracas requieren atención inmediata? ¿Estará bien mi familia?
Las respuestas a nuestras preguntas no llegaron pronto, ya que inmediatamente después del sismo se interrumpió la energía eléctrica, y con ella la comunicación por radio portátil. Yo soy el bombero de guardia, con varios alumnos bajo mi responsabilidad, y debo honrar el juramento con mi universidad, cuyas vidas y bienes juré proteger.
Pasados 10 minutos después del sismo, nos subimos a la ambulancia y salimos a recorrer la Ciudad Universitaria. La misión es atender posibles lesionados o examinar las estructuras colapsadas. Pero hay un lugar quizás más crítico, donde los daños pueden incrementar el impacto de la tragedia: el Hospital Universitario de Caracas.
24 de junio, 19:00: Hospital Clínico Universitario de Caracas
Como las condiciones estructurales de la universidad parecen haberse mantenido, nos podemos concentrar en apoyar en el desalojo del Hospital Clínico Universitario y en la atención de los pacientes que han empezado a llegar desde todas las parroquias de la ciudad.
La escena parece una película de terror para cualquier persona, sobre todo para cualquier bombero universitario: cientos de pacientes evacuados hacia la calle del hospital, a oscuras, en sus camas de hospitalización, con sus enfermeras y médicos siempre a su lado, pero con un montón de pacientes nuevos, en malas condiciones, llegando y contando mejor que nadie lo que nos estaba costando entender pero cada vez era más claro: el sismo que acabamos de vivir no era como ningún otro que habíamos vivido antes, sino algo capaz de ocasionar colapsos estructurales. La traducción de eso eran los traumas craneoencefálicos por los bloques de cemento que caían encima de las personas, las fracturas de miembros superiores en quienes intentaron protegerse de los objetos que se precipitaban sobre ellos, las laceraciones de los vidrios rotos. Todos temblamos al pensar que era un incidente con un saldo masivo de víctimas.
24 de junio, 20:00 – 25 de junio, 0:00: Maternidad Concepción Palacios
La ambulancia 65-A de los Bomberos UCV traslada a tres mujeres gestantes desde el servicio de Obstetricia en el piso 10 del hospital hasta la Maternidad Concepción Palacios, en la avenida San Martín.
Una de esas mujeres estaba ya en trabajo de parto.
—¿A quién conoceremos hoy? —le pregunto en la ambulancia.
—A Sofía.
Me quedo pensando si es el nombre más adecuado para las circunstancias en las cuales va a nacer esa niña. En el camino hasta la Maternidad y de regreso a la Ciudad Universitaria, podemos observar el estado de la ciudad, en la que se notan varias edificaciones medio derruidas. La gente parece tener miedo, incertidumbre. Hay poco o nada de información oficial. Solo nos llegan fragmentos de la realidad que tenemos todos en común, que se va manifestando a medida que transcurre el tiempo y aparecen las consecuencias. ¿Cómo actuar bajo esas condiciones? ¿Cómo saber dónde hay personas afectadas requiriendo ayuda?
Cuando regreso a la estación, a medianoche, ya no somos siete bomberos sino treinta y tres. Los demás han llegado desde distintos sitios de Caracas, dando su versión de los hechos, más datos que aportar a la pizarra de operaciones. Todos estamos mentalizados para la emergencia. Luego de una pausa para reorganizarnos, volvimos a salir, esta vez con dos vehículos, la ambulancia y la unidad de rescate 253, a dos zonas distintas del norte de la ciudad donde se reportaron colapsos: Maripérez y San Bernardino.
Yo he sido destacado a San Bernardino.
25 de junio, 0:00 – 04:00: San Bernardino
Llegamos al edificio Rita, donde horas antes había gente disfrutando su día feriado y hasta se celebraba un baby shower.
¿A qué huele un edificio derrumbado? ¿Cómo suena un rescate en estructuras colapsadas? Allí hay seres humanos atrapados bajo los escombros, con la garganta llena de polvo y la mente obnubilada. Uno está a varios metros sobre ellos. Hay mucha gente asustada y confundida, con muchas ganas de ayudar pero también muchas preguntas, y muchas voces, muchas órdenes, muchas herramientas, muchas aperturas en el concreto, muchos intentos de aperturas en el concreto, vecinos, madres, hijos, familia, obreros…
—¡Silencio total! —ordenan los rescatistas y los bomberos.
Y por unos minutos hay silencio, mientras Tsunami, el ahora famoso perro de Búsqueda y Rescate, recorre la estructura.
—¡Si hay alguien con vida, por favor emita algún sonido!
Contenemos el aliento mientras dura este silencio y pensamos cómo se siente dejar de respirar, por unos minutos, por varias horas.
El saldo esa madrugada fue negativo, no se pudo extraer ni sobrevivientes ni cuerpos. Necesitábamos herramientas y equipos, que en efecto llegarían horas después. A nosotros se nos necesitaba más en La Guaira. Entonces supimos que no solo habían colapsado edificios en Caracas, sino que tres, cinco o incluso diez edificios se habían caído en el Litoral.
25 de junio, 09:00: Ciudad Universitaria, estación de Bomberos UCV
Cuando amaneció el 25 de junio, la estación de Bomberos UCV se había convertido en el primer centro de acopio dentro de la Ciudad Universitaria, donde pudieron encontrarse muchos miembros de la comunidad ucevista, tanto estudiantes como profesores y egresados, así como otros compañeros de distintos cuerpos de Bomberos del país. Desde ese día en la madrugada se estableció una sala situacional desde donde podíamos hacer seguimiento de la ubicación y el estado de los 96 bomberos que conforman nuestra institución, así como de sus familiares.
Contamos con el apoyo del Rectorado desde el primer día, y se nos asignó un autobús de la UCV para movilizar a un total de 31 efectivos a La Guaira, además de ocho efectivos que se desplazaban en nuestro vehículo de Rescate 253.
Abordamos las unidades a las 09:00. Llevamos herramientas, personal, logística, insumos. Rezamos una oración. Todo lo que consideramos necesario según la información disponible para la hora. ¿Sería suficiente?
25 de junio, 10:30: autopista Caracas-La Guaira
Normalmente, cuando voy en camino a atender a un lesionado por una colisión vehicular, consigo mentalizarme desde el momento en que suenan los timbres de emergencia y abordo la ambulancia. Durante el trayecto, siempre breve, escucho las sirenas y repaso en mi memoria los protocolos, los posibles escenarios y los aprendizajes de servicios anteriores. Es una secuencia: llegas a la escena, aseguras y controlas la situación, atiendes a la persona, resuelves la hemorragia exanguinante, la fractura abierta o las abrasiones sencillas; luego te diriges al hospital y, en cuestión de horas, vuelves a la estación.
Ese día, en camino a La Guaira, no había sirenas sonando, no había un lesionado cuya ubicación conocíamos, no había una secuencia. Ese día, y los siguientes, seguiríamos otro orden. Primero, búsqueda: emplear todos los equipos y sentidos disponibles para ubicar a una persona, y si encontramos vida, pasamos al paso dos, rescate: un conjunto de técnicas y maniobras especializadas para estabilizar y extraer a una persona de una ubicación a la cual no se puede acceder por métodos convencionales. En este caso, estructuras colapsadas. Si ambas fases de la operación salen bien, lo siguiente es repetir todo, desde el inicio, en otra ubicación, persona por persona, edificio por edificio.
En el autobús, solo puedo mirar por la ventana, hacia el mar, saliendo del túnel Boquerón 2, y esperar lo mejor.
25 de junio, 11:00 – 18.00: Caraballeda
Una vez instalado el puesto de comando en Caraballeda, iniciamos las operaciones. Los edificios colapsados tenían más de tres pisos, generalmente. Puedo llegar a la terraza de todos ellos escalando un par de losas y bloques apilados. La mayoría ha adoptado configuraciones realmente inestables tras el colapso, por lo que cada una de las réplicas reportadas o sentidas ese día obliga a todos los efectivos y civiles en labores a abandonar la estructura rápidamente y esperar a que sea un poco más seguro volver a ingresar. La búsqueda se divide por zonas entre distintos cuerpos de bomberos, rescatistas o civiles, generalmente los vecinos de esa comunidad.
—Aquí están mi esposa y mi hija, bombero —me dice un señor con quien me topé mientras intentaba acceder a uno de los pisos— . Dime qué necesitas saber, yo te ayudo.
A esa hora, en la Urbanización Los Corales, se hace contacto con una persona tapiada mediante la técnica de llamada y escucha. Es un joven llamado Ángel. Requiere un gran esfuerzo perforar el concreto para llegar a él, con tan pocas herramientas de oxicorte y percusión y lo inestable de la estructura. El trabajo es extenuante, pero nunca faltan el apoyo de todas las personas que allí se encuentran, ni el agua ni la comida que llegan de todas partes, y todo tipo de mensajes alentadores. Cuando comienza a faltar la luz, un grupo de conductores de motocicletas forma una fila con sus motos y enciende los faros apuntando al edificio. Todos quieren ayudar a sacar gente de entre los escombros, de la manera que sea.
Como bombero, estoy realmente agradecido con todos los civiles de mi país, porque aunque contaban con menos recursos que nosotros, nunca se rindieron.
25 de junio, 19:00: Caraballeda
Pasan las horas y cada vez estamos más cerca de llegar a Ángel. Veo caer la noche, que se agotan los recursos humanos y materiales, y justo entonces cuán rápido puede crecer y esparcirse el pánico por una falsa alarma de tsunami.
La desinformación existe, hace daño, y puede esparcirse muy rápido. Mientras nosotros trabajamos para intentar sacar sobrevivientes, corre en la gente que nos rodeaba el rumor de que venía un tsunami y la orden de subir en los vehículos hacia la montaña. Cientos de personas y vehículos salen corriendo, presas del pánico y la confusión, gritando o haciendo sonar las cornetas de los carros y las motos. Los que estamos trabajando en medio de la oscuridad de pronto nos quedamos solos. ¿Qué hacer ahora, con tanta gente aún atrapada? Las probabilidades de un tsunami aumentan después de un terremoto, pero ¿es real esta alarma?
26 de junio, 00:00 – 07:00: Caraballeda
En las horas que siguieron pasó la ola de pánico y todos supimos que lo del tsunami era falsa alarma. Ángel fue rescatado exitosamente en la madrugada mientras yo ayudaba a recuperar un cadáver. Todos los efectivos de Bomberos UCV que bajaron a La Guaira en esta comisión regresaron a la estación sanos y salvos, listos para regresar al día siguiente. Desde entonces, hemos ido a La Guaira cada día.
Yo solo volví a mi casa cinco días después, cuando ya se me ordenó descansar.
La sociedad venezolana fue capaz de organizarse y movilizar recursos para un desastre natural que no esperábamos, y para el cual no estábamos realmente preparados. Esa ayuda llegó a buen destino, y son testimonio de ello quienes lograron sobrevivir.
Todos fuimos voluntarios: estudiantes, obreros, personal de salud, periodistas, cocineros, mineros. Cada quien desde su espacio, su región y sus habilidades propias. Bajo ese ideal del voluntariado es posible reconstruir nuestro país.
La prevención podrá salvar muchas vidas en el futuro, en “la casa que vence las sombras”, la UCV, nuestro país y en el mundo. El Cuerpo de Bomberos Voluntarios Universitarios de la UCV lleva 66 años trabajando con disciplina, estudio y abnegación. Este episodio tan triste será la semilla de nuevas generaciones de bomberos voluntarios que se formarán en nuestra casa de estudios, y que, como esos días de junio de 2026, no durarán en entregarse al servicio de Venezuela.
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