El chavismo avanza en su transformación a falta de una transición

Sacrificando jugadores y consignas, los Rodríguez han apostado por invertir el conflicto con la oposición a su favor

Hace apenas unos meses, en medio de la avalancha de incertidumbres que rodeó el secuestro de Nicolás Maduro por parte del ejército estadounidense en complicidad con el venezolano, identificamos seis indicios de la situación política que el chavismo remanente se estaba adaptando con éxito al nuevo tablero en condiciones de vasallaje frente a la potencia invasora. 

Desde entonces, las condiciones de fondo no han cambiado (el gobierno sigue prevaleciendo frente al conflicto), pero se han abierto nuevas ventanas de oportunidad para la oposición y han surgido situaciones que ponen en aprietos al neochavismo, ahora rodriguista.

Alex Saab tiene recambio

La primera señal de la altísima capacidad del chavismo para doblegarse fue el sacrificio de algunas de sus propias figuras a cambio de la validación de EEUU. La entrega de Alex Saab fue un movimiento acertado para el gobierno interino. El principal operador financiero del chavismo tardío y del neochavismo de Maduro se convirtió en el gestor de una economía opaca y terminó erigiéndose en actor político y bandera del antiimperialismo. Pero su caída vino acompañada de un sucesor, un nuevo lobbysta financiero con la misma impronta de corrupción, pero que no solo responde al chavismo: Alejandro Betancourt es un operador bisagra, cuya naturaleza pragmática y elástica le permite atender al mismo tiempo a varios socios con intereses contrapuestos. Así, la flexibilidad ideológica de los protagonistas más recientes del chavismo coincide con su mutación, de proyecto político a consorcio mercantil.

Demanda social en aumento

En la entrega anterior identificamos la liberalización económica supervisada como la gran apuesta del gobierno para ganar tiempo. Acelerar la recuperación económica era una oportunidad fundamental para aliviar la presión política y social; sin embargo, los resultados no han llegado en los tiempos esperados. Por más titulares sobre inversiones en los sectores petrolero, energético y minero, y por más fotos de memorandos de entendimiento con capitales internacionales, la reactivación de la economía sigue siendo una entelequia, como lo ha sido durante los últimos veinte años. Si a algo estamos acostumbrados los venezolanos, es a que nos vendan quimeras. Hoy, el gobierno enfrenta un escenario en el que la economía doméstica y el acceso a los servicios básicos empeoran en la misma proporción en que crece el rechazo al tutelaje; es decir, la apuesta de acelerar la recuperación económica para desactivar la presión política ha sido un completo fracaso.

Sólo en materia eléctrica, uno de los detonantes de las protestas y de la presión en la calle de las últimas semanas, encontramos una gran brecha entre el alarde de lo anunciado y los acuerdos reales. Durante 2026, los anuncios de inversión en el sector eléctrico venezolano se midieron en megavatios, y casi todos fueron acuerdos de recuperación con la estatal Corpoelec. En abril se anunciaron conversaciones con Siemens y General Electric para atender la crisis del Zulia, pero hasta ahora no existe un contrato público con ninguna de las dos empresas y la situación sigue siendo crítica: los apagones de entre 5 y 12 horas (o más) continúan.

Por un lado, tenemos el regreso de políticos exiliados que fueron perseguidos durante años. Por otro, conatos de detenciones aisladas.

Hasta ahora, ningún acuerdo en materia energética ha revelado montos ni quién los financia; además, las cifras de megavatios varían según la fuente y no está claro cómo se reparten INSA e Impsa las obras de Tocoma. Todo esto ocurre en un contexto de demandas sociales evidentes que no pueden apaciguarse con titulares de prensa y promesas de inversión. Los tiempos económicos quedan atrás y el tiempo de las demandas se acelera.

El aparato represivo no se extingue, solo afloja

Transcurridos estos meses, se confirma que la distensión del sistema represivo y la ley de amnistía fueron gestos meramente simbólicos ante Trump, sin un desmantelamiento real del aparato de persecución. Esa táctica de instalar fachada tras fachada en materia de derechos humanos se ha mantenido. La represión se apaciguó y se hicieron liberaciones, algunas a medias, de presos políticos durante los meses que lleva el tutelaje, pero el gobierno interino constató, a partir de varias declaraciones de Washington alejadas de la realidad, que los derechos humanos no están en la agenda de EEUU. En ese sentido, incluso ha habido pequeños globos de ensayo que replican la represión de meses pasados, como para testear el desinterés estadounidense. El gobierno de Trump no desmantela el aparato represivo en Venezuela porque el suyo también es un gobierno represivo, que en muchos casos comparte víctimas con el chavismo: los venezolanos en territorio estadounidense.

Sin embargo, está ocurriendo un fenómeno novedoso que envía mensajes contradictorios: por un lado, el regreso de políticos exiliados que fueron perseguidos durante años; por otro, conatos de detenciones aisladas. Esta tensión en materia represiva todavía no muestra una tendencia clara y se definirá según la fuerza política que despliegan los actores.

Ambigüedad ante China

En los primeros meses del tutelaje, el gran giro de la política exterior del gobierno interino, y la señal más clara de su capacidad de mutar para sobrevivir, fue la desconexión de la alianza con Cuba. Ese movimiento implicó un deterioro alarmante de la situación económica de la isla, que durante más de dos décadas dependió del petróleo venezolano. El chavismo remanente no dudó en soltar a su socio ideológico más antiguo cuando el costo de sostenerlo comenzó a ser la desaprobación de Washington. Fue, en ese sentido, una ruptura principalmente existencial, en cuanto a que tuvo incluso la capacidad de sacrificar su propio relato fundacional para asegurar la continuidad del poder.

China no disputa el tablero venezolano en el corto plazo, sino que espera a que se abra su ventana de oportunidad.

Resuelto el encuadre discursivo en torno de divorcio de Cuba, el nuevo período en materia internacional, más allá de la relación con EEUU, está marcado por el posicionamiento y malabarismo que debe hacer frente a China, especialmente en lo que respecta a sus activos petroleros ante la penetración estadounidense en el sector. A diferencia de Cuba, China no es un aliado que pueda desecharse de manera rupturista sin consecuencias. Es el principal acreedor del país, tras años de préstamos pagados con crudo. Además, participa en empresas mixtas en la Faja del Orinoco. 

Por ahora, el gobierno interino se mueve en el terreno del pragmatismo: evita cualquier señal de alineamiento con China que irrite a EEUU y, a la vez, no toca los intereses chinos ya instalados. Ese equilibrio puede sostenerse mientras Washington no decida atacar directamente las inversiones chinas en el país. Si eso ocurriera, el neochavismo rodriguista quedaría atrapado entre su tutor y su acreedor, sin margen para seguir administrando la ambigüedad. China, por su parte, no tiene prisa. Su estrategia en la región se ha caracterizado por la paciencia y la lectura de largo plazo: no disputa el tablero en el corto plazo, sino que espera a que se abra su ventana de oportunidad. Y en un gobierno que ha demostrado que sus lealtades son negociables, esa ventana tarde o temprano se abrirá.

Se afianza la alianza con Trump

La otra gran mutación exitosa para el chavismo que se viene divisando en 2026 ha sido la disolución de su discurso antiimperialista. Durante más de dos décadas, la confrontación con EEUU fue el eje narrativo del proyecto, el relato que justificaba la escasez, explicaba las sanciones y el resto de los fracasos, cohesionaba a la base militante y le daba al chavismo un lugar en el mapa internacional. Hoy, ese relato es insostenible para un gobierno que coopera con quien secuestró a su presidente y bombardeó a su país: el chavismo ya no puede seguir presentándose como trinchera contra el imperio. 

Esa solución tiene costos políticos. Hacia adentro, abre fisuras: sectores de la base y de los cuadros medios que se formaron en esa narrativa ven cómo la dirigencia pacta con el enemigo que durante años les enseñaron a combatir, y esa contradicción erosiona la lealtad que el discurso aseguraba. Hacia afuera, supone la pérdida de alianzas internacionales que se sostenían precisamente sobre esa identidad compartida. El chavismo ya no puede ofrecer a sus antiguos socios la épica de la resistencia.

El desafío de la oposición radica en construir un proyecto propio capaz de interpelar a una sociedad agotada, que ha visto derrumbarse tanto el relato revolucionario como las promesas de una transición rápida.

Pero la disolución del antiimperialismo también plantea un problema serio para la oposición. Durante años, la oposición construyó su lugar de enunciación moral en contraposición a un régimen que, a la vez, se proclamaba antiimperialista, violaba derechos y destruía la economía. Ahora, con el chavismo plegado a Washington, ese contraste se desdibuja. La oposición ya no puede definirse sólo por oposición al chavismo y tampoco puede presentar el alineamiento con EEUU como bandera propia, porque el gobierno interino ocupa ese mismo espacio.

Esto la obliga a transformarse, y ahí aparece su gran problema histórico: su escasa capacidad transformadora. La oposición venezolana ha sido eficaz para resistir, denunciar y movilizar en coyunturas de alta tensión, pero ha tenido enormes dificultades para renovar su discurso, sus liderazgos y sus estrategias cuando el escenario cambia. En este nuevo tablero, su desafío ya no es demostrar que el chavismo es ilegítimo, sino construir un proyecto propio capaz de interpelar a una sociedad agotada, que ha visto derrumbarse tanto el relato revolucionario como las promesas de una transición rápida. Si no logra hacerlo, corre el riesgo de quedar atrapada en un lenguaje que enfrentaba a un chavismo que ya no existe.

Marisela Betancourt

Political scientist and political consultant. University of Los Andes (ULA) graduate and master’s students at its Center for Latin American Studies (CEPSAL). I have a decade of experience in media and founded Radio Sur within Venezuela’s public media system. I also write a Substack and host Fuera de Ranking, a podcast about Venezuelan politics.