The reason Ibsen is IBSEN

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Ibsen Martínez is one of Venezuela’s few towering opinion makers, probably the only one that gets around on a first-name basis, like Madonna, Fidel, or Obama.

His obituary of Carlos Andrés Pérez, courtesy of Prodavinci, rich with the milieu of a time gone by, evocative of the life force that was his subject, is a reminder of why.

Impelable. And, regrettably, in Spanish only.

1 COMMENT

  1. I don’t know what to say. Ibsen picks a very specific moment in CAPs life to highlight. One that (according to CAP himself!) he didn’t remember. Would it be a disservice if I summarized Ibsen’s article as “Hero or Villain, he sure had a pair!”?

    • That’s why I loved it. Gone are the long soliloquies about his legacy, his policies, etc. He picked a moment, one that resonated with him, one that not even CAP remembered, and he ran with it. He also perfectly conveyed how his displeasure of the man and of some of his policies didn’t get in the way of admiring his personal attributes.

      Let’s remember, too, that Martinez was the writer of “Por Estas Calles,” which brilliantly captured that moment in time during CAP II when everything was going to hell. It wasn’t as if Martinez didn’t have his pick of things to write about CAP.

      Home run.

  2. In november Ibsen wrote for Tal Cual another article that also mentions CAP. No tiene desperdicio, unfortunately only in spanish too. Funny that this (the same than Rivero’s book happened before he died).

    Elogio de la Antipolitica – Ibsen Martinez
    Mi amigo Franklin Vírgüez me obsequió hace poco esta anécdota, ocurrida hace ya varios años.
    Se hallaba él cenando con Dulce, su esposa, en un restorán de Nueva York ¬donde Franklin hizo estudios de actuación, en una especie de bien ganado año sabático que, por cierto, no costeaba ninguna fundación cultural, sino el propio Franklin, con recursos propios, ganados duramente y a la vista de todos¬, cuando de los fondos del establecimiento emergió Carlos Andrés Pérez, a quien ni Franklin ni Dulce habían alcanzado a ver hasta ese momento. Pero CAP sí reconoció en el acto al intérprete de Eudomar Santos y, al pasar junto a su mesa, se aproximó a la pareja.
    Innecesario decir que esto ocurría a comienzos de la década que termina este diciembre, cuando ya ni CAP ni Eudomar Santos acaparaban el rating.
    Extrañamente, CAP no se acercó a la pareja con su proverbial gesticulante efusividad de demagogo en procura de votos, sino en plan de reconvenir al popular actor de teatro y tv.
    –Joven ¬le dijo, con el ceño fruncido¬, usted trabajó en una telenovela que le hizo mucho daño a la democracia.
    CAP se refería, por supuesto, a Por estas calles, un karma personal que, como escritor, me acompaña desde hace la friolera de dieciocho años. Me invitan, por ejemplo, tal como ocurrió hace pocos días, a Barcelona, a dictar una conferencia junto a mis admirados Leila Guerrero, Juan Villoro y Juan Gabriel Vásquez, cada uno de ellos representando, respectivamente, a Argentina, México y Colombia.
    Justo cuando esperaba que de los expatriados venezolanos entre el público partiese una incisiva y difícil pregunta en torno al tema, estrictamente literario, tratado bien o mal por este servidor, ¿qué sucede? Que una bella señora de mediana edad se levanta para preguntarme ¬¡como si yo lo supiera!¬ cuándo volverán a hacer una telenovela como Por estas calles. Mejor volvamos a la escena del restorán neoyorquino.
    CAP ha increpado a Franklin y éste se pone de pie y le responde, cortés y cordialmente, con una de las suyas: — Presidente, yo lo que soy es actor: póngase en mis zapatos. Eso era mi quince y último. La culpa es del irresponsable de Ibsen Martínez.
    Desarmado, CAP recobró la jovialidad que todos los venezolanos le reconocemos, y departió un ratico con los esposos Virgüez Terán. Desde luego, se interesó por lo que hacían en los Estados Unidos y les deseó buena suerte. Antes de despedirse, Franklin preguntó a CAP cómo veía “la cosa” en Venezuela y si pensaba regresar a la política algún día.
    CAP puso entonces la cara esa que el gran Cayito Aponte remedaba magistralmente: abrió la boca sin emitir palabra por unos segundos, negó con la cabeza, afirmó con la cabeza y al cabo respondió: –Como vaya viniendo, vamos viendo.

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