El 8 de junio salió una sentencia del TSJ que prohíbe a La Caraota Digital y a La Patilla difundir videos de linchamientos. Nunca he estado de acuerdo con nada que ha decidido el TSJ, pues —como todos sabemos— en los últimos 18 años se ha convertido en un simple tentáculo más del Gobierno Central.

Cuatro días después ocurrió algo que me hizo pensar lo impensable: ¿será que el Tribunal, al menos por esta vez, tiene razón?

El 12 de junio en horas de la noche un hombre fue asesinado en el CC Sambil Caracas. Inmediatamente, fotos del evento empezaron a circular. Basta buscar “#Sambil #Caracas” en Twitter para encontrar tres fotos desde diferentes ángulos, tomadas con celulares por visitantes del centro comercial -las cuales no incluimos en esta nota por respeto a la familia y amigos de la víctima.

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A pesar de la epidemia de homicidios que se vive en Venezuela, no deja de impactarme cómo una persona puede ser asesinada en un centro comercial y que el culpable escape como si nada.

Más impactante, sin embargo, fue el hecho que al menos una docena de ciudadanos se quedara en los alrededores del lugar, tomando fotos de la víctima.

No es la primera vez que un crimen violento es reportado con tanta ligereza en redes sociales. Bajo la premisa de la lucha contra el bloqueo de los medios tradicionales y del apoyo al periodismo ciudadano, todos hemos compartido fotos de linchamientos y víctimas de asesinatos en Facebook, Twitter y WhatsApp.

Ojo, yo no estoy como para lanzar la primera piedra. Hace poco compartí vía WhatsApp unas fotos del asesinato de un delincuente, y un buen amigo me paró en seco: “Anabella, un poco de mal gusto pasarlas por el grupo. De verdad, hay que medirse con estas vainas”. Mi amigo tenía toda la razón, y me hizo particular ruido que me haya parecido muy “normal”, pues precisamente me habían llegado minutos antes por otro chat. En cuestión de segundos, me di cuenta que mi humanidad se esfumaba.

Compartimos imágenes violentas con tanta ligereza como las fotos de nuestras mascotas.

Esto lo hemos notado todos, pero me costaba entender el por qué. Sobre esto, conversé con Manuel Llorens, psicólogo y amigo de la casa, que me planteó tres puntos que bien vale la pena considerar.

Para Manuel el punto de entrada es la noción de trauma psicosocial de Martín-Baró, cuyos síntomas o causas son fundamentalmente la violencia, la polarización social y la mentira institucional. Según Manuel, el roce constante con un entorno militarizado y de violencia sostenida y crónica, termina convirtiendo a la propia violencia en la opción más disponible para resolver los conflictos. Esto, en última instancia, se traduce en traumas individuales e impacta las relaciones sociales.

También habló de saturación de la empatía: al encontrarnos frente a imágenes fuertes y desgarradoras de manera cotidiana, se pierde la capacidad de empatizar con ellas. Tal puede ser el caso de los médicos en una sala de emergencia, quienes eventualmente comienzan a mostrar desapego emocional frente a sus labores diarias.

Por último, comentó sobre un tema que vale la pena investigar con mayor profundidad: la aparente fascinación que muestran los ciudadanos ante imágenes fuertes, incluyendo las de asesinatos, saqueos y linchamientos. “Esto es todo lo contrario a la empatía”, y a pesar de lo horrible que muchas imágenes violentas pueden ser, son compartidas y comentadas por miles en redes sociales.  

La delgada línea entre “información” y amarillismo

A medida que los medios tradicionales han sido lentamente bloqueados y regulados por el Gobierno Central, las redes sociales han cobrado nueva relevancia. Incluso, se ha impulsado mucho la noción del periodismo ciudadano.

Si bien estos medios no convencionales han permitido mantener a la población informada, también han modificado la manera en que reaccionamos ante las imágenes de violencia. Incluso, han hecho que el concepto de periodismo responsable sea cada vez más difuso ya que todo se “informa” bajo el paraguas del “derecho a la información oportuna”.

Lo que debe circular o no, en medios de comunicación y redes sociales, es un debate que sigue abierto. Lamentablemente, mientras este debate se da, se ha ido disipando la empatía, y en su lugar, va surgiendo el morbo. Esto me recuerda una de las primeras escenas de la película “Tesis” -el primer largometraje de Alejandro Amenábar-, cuando la protagonista lleva su esquema de trabajo de grado sobre violencia audiovisual a su tutor, y este le dice “sobre todo teniendo en cuenta lo delicado del tema, en estas cosas lo usual es caer en el morbo”.

El impacto de las imágenes va más allá de la simple reacción inicial

Los fotoperiodistas de guerra se suelen enfrentar al dilema entre informar o resguardar el dolor ajeno, y sólo cierto grado de desapego emocional les permite seguir un buen ritmo de trabajo. Sin embargo, hay casos como el de Kevin Carter quien, tras ganar un Pulitzer en 1994 por fotografiar a un niño sudanés famélico con un buitre detrás, se suicidó ya que —en sus palabras: “estoy deprimido […] sin teléfono […] dinero para el alquiler […] dinero para la manutención de los hijos […] dinero para las deudas […] ¡¡¡dinero!!! […] Estoy atormentado por los recuerdos vívidos de los asesinatos y los cadáveres y la ira y el dolor […] del morir del hambre o los niños heridos, de los locos del gatillo fácil, a menudo de la policía, de los asesinos verdugos”.

El impacto de las imágenes va más allá de la simple reacción inicial. Pero, tal y como afirma Llorens, el impacto también dependerá del marco en que se compartan. El titular que presente la foto, el mensaje que la acompañe e incluso el medio en que se decida compartir hacen una diferencia sustancial.

No es lo mismo entrar en un medio digital y ver imágenes fuertes en la sección de “Sucesos”, a encontrarlas en el feed de Facebook acompañadas por mensajes como “sin filtro”, “la tomé yo mismo” o “se lo merecía”. En el primer caso, el foco es informar, pero en los demás, parece ser pura y simple fascinación o morbo.

Incluso, algunos medios digitales explotan la morbosidad de su audiencia al compartir una y otra vez, imágenes violentas con mensajes inapropiados pero atractivos, siempre incluyendo las palabras “(VIDEO)” o “(FOTO)”, para atraer aún más a los lectores (clickbaiting).

Entonces, ¿el tribunal?

Desde el domingo me carcome la terrible impresión de que estoy de acuerdo en algo con el Tribunal Supremo de Justicia. Manuel me calma. “Hay un peso de lo político en estas decisiones”, dice, y ese peso parece reafirmarse cuando me comenta que los especialistas en materia de salud mental no se reúnen con el Gobierno Central para hablar del impacto de la violencia audiovisual desde 2003 ó 2004. La última vez que él asistió a un encuentro de ese tipo, fue en la sede de la OMS e incluso estaba presente Jorge Rodríguez (“antes de que entrara al CNE”). Sin embargo, la idea era recopilar tesis simplistas para justificar el control sobre los medios y no atender realmente a los niños y jóvenes afectados. Se hizo más que evidente que lo intereses eran otros.

A pesar de esto, parece necesario -hoy más que nunca- ampliar los debates sobre el impacto de imágenes fuertes sobre individuos y sociedad, y cómo debemos protegernos.

Mientras tanto, antes de mandar cualquier foto o video por WhatsApp, o apretar el botón de compartir en Facebook o Twitter, tomen dos segundos para pensar si eso contribuirá con nuestra golpeada libertad de expresión, o si tal vez hará más daño a una población distorsionada socialmente. Llorens me dejó con un recordatorio fundamental al despedirse: “la tecnología impacta la manera como reaccionamos”.

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