Algo explotó en Caracas

Un testimonio de primera mano sobre cómo se sintió una guerra llegar desde el aire en la madrugada del 3 de enero de 2026

En Caracas, a principios de enero, suelen oírse detonaciones en horas de madrugada. A decir verdad, no es raro que cualquier irresponsable, luego de unos tragos de más, decida interrumpir el sueño de todo el vecindario lanzando cohetones o tumbarranchos. A eso estamos bien acostumbrados. Ese particular silbido, un par de segundos de silencio y una explosión que hace ladrar a los perros y llorar a los bebés. 

Por eso, quizás, en la madrugada del tres de enero de 2026 no parecieron extrañas las detonaciones que sonaron poco antes de las 2:00 a.m., hasta que vinieron acompañadas por la vibración del teléfono celular. Como tengo la mayoría de sus contactos en silencio y poco me importa lo que pueda suceder en el mundo fuera de mis cuatro paredes cuando duermo, estuve a punto de apagarlo. Pero cuando entró una llamada de esas comunitarias de Whatsapp en un grupo de amigos, mi esposa, que ya tenía su celular en la mano, en tono preocupado me pidió que no lo hiciera. Algo estaba pasando. Acababa de oír un estruendo. 

Creo que algo explotó en Caracas. 

Apenas dijo eso, comenzaron a llegar videos que rápidamente se tornaron virales por las redes. El primero que pudimos observar era un convoy de aviones y helicópteros dirigiéndose al oeste de la capital, dejando una estela de explosiones a lo largo del valle. Lo único que le faltaba era tener como soundtrack el clásico “Fortunate Son” de Creedence Clearwater Revival, típica de cualquier película sobre Vietnam.

Están bombardeando la ciudad agregó mi esposa. 

¿Será verdad? Esa es la primera pregunta en tiempos en que la inteligencia artificial puede crear cualquier tipo de video. Así que ver para creer, como dijo el apóstol Tomás. Al igual que muchos incrédulos, salí a ver el cielo y escuchar. La estridencia de aeronaves sobrevolando la ciudad a esas horas fue suficiente para constatar que no se trataba de rumores. 

Efectivamente, no eran cohetones ni tumbarranchos, tampoco una falsa alarma. Acababa de levantarme, y, en mitad de la confusión, estupefacto, salí a la terraza para escuchar el estallido de las bombas, así como ver el firmamento iluminarse por distintos puntos del horizonte, a pesar de la densa neblina nocturna que suele arropar con su manto blanquecino las montañas alrededor de las antenas de El Volcán. 

“Aquí estamos seguros”, pensé con ingenuidad, muy a la ligera. Regresé al cuarto para decirle a mi esposa, derrochando toda la confianza del mundo, que no teníamos nada que temer, pues todos los reportes de impactos eran en la zona de Fuerte Tiuna y la Basea Aérea Generalísimo Francisco de Miranda, lo suficientemente lejos de nosotros para librarnos de preocupaciones.  

En realidad lo hice por mero reflejo, porque, al mismo tiempo, me deshacía de la pijama para ponerme un bluejean, suéter y zapatos de goma, anticipando, que, de repente, tendríamos que salir con urgencia para cualquier lado, sin saber dónde buscar refugio. 

Sospechando las posibilidades de un apagón, conecté el teléfono y en menos de un par de minutos repicó. No quise atender, pero al percatarme que era uno de mis buenos amigos del colegio, de esos que he visto dos veces en 20 años desde que se fue del país, tuve que hacerlo.

El sonido de la guerra y un bombardeo es lo más espeluznante que he oído en mi vida.

José Ricardo, con el clásico saludo “¿qué pasó, Joe?”, inmediatamente preguntó si estábamos bien y sólo pude decirle lo mismo que a mi esposa. 

Se escuchan aeronaves y explosiones a la distancia. Nosotros estamos lejos, todo en calma, pero se oye que la cosa es ruda y está lloviendo plomo a lo largo del Guaire. 

Prometí llamarlo con más detalles apenas saliera el sol. En ese preciso instante no tenía mucho que decir, aparte de confirmarle que lo del bombardeo de Caracas era cierto.  

Por aquí en El Hatillo no está pasando nada dije antes de colgar, sin saber que, en cuestión de segundos, me tragaría esas palabras. Dejé el teléfono conectado para recargar la batería y salí a la terraza para seguir contemplando el cielo y escuchando zumbidos y estruendos. Lo único que pasaba por mi cabeza era la letra y melodía de la canción “Goodbye Blue Sky” de Pink Floyd: Did you see the frightened ones? Did you hear the falling bombs? Did you ever wonder why we had to run for shelter when the promise of a brave new world unfurled beneath the clear blue sky?

Fue imposible no recordar lo que una vez me relató mi abuelo sobre su adolescencia durante la Segunda Guerra Mundial. De todas las anécdotas funestas del repertorio, la que más me impresionó era lo espeluznante del ruido de los bombardeos, cuando escuchaban el sonido de los aviones sobrevolando, el silbido y el impacto, el temblor del piso haciendo crujir las paredes y techos, como si la muerte bailara sobre sus cabezas, cobrando vidas sin distinguir entre justos o pecadores. “Lo único que puedes hacer”, decía mi abuelo, “es rezar porque aquel infierno dure poco tiempo”. 

Esa cruel memoria me atormentaba justo cuando sentí el rugido de los motores acercarse y levanté la mirada. Escuché el silbido y no tuve ni oportunidad de moverme. Quedé petrificado del terror. La explosión iluminó el paisaje lóbrego como si el sol se hubiese asomado durante aquel efímero instante, para darle color a un golpe que sacudió el suelo, paredes, techo y vidrios de la casa con la fuerza del más violento sismo. 

Jamás olvidaré el estruendo, aquella luz, o el pánico que únicamente puedo describir como cuando la sangre se congela y el corazón se salta un latido. El sonido de la guerra y un bombardeo es lo más espeluznante que he oído en mi vida. Nadie puede imaginarlo hasta que lo experimenta en carne propia, murmurando plegarias a Dios para que todo acabe rápido, las bombas dejen de caer y amanezca, mientras la incertidumbre de lo que traerá el final de la tormenta te carcome por dentro.