Viernes Santo en Petare: el vía crucis que toma El Nazareno
En el corazón del barrio, una multitud acompañó la procesión viviente que aún se mantiene como símbolo de la Semana Santa caraqueña

Es viernes santo, y la comunidad del barrio El Nazareno lo sabe. Tienen tres meses preparándose para representar la cuadragésima edición del Vía Crucis viviente de Petare, el cual atraviesa todo el barrio, hasta llegar al mirador de El Morro.
El barrio nunca había estado tan lleno. “Hay un bululú, este es el Vía Crucis con más gente” se escucha entre la multitud que se amontona en las aceras frente a la Iglesia Nuestra Señora de Fátima.
Para los petareños no es solo una festividad típica de Semana Santa. Es tradición y promesa que se transmite a las nuevas generaciones. Ser parte de esta representación amerita compromiso. “Desde que empiezan los ensayos tenemos que ir a misa todos los domingos, confesarnos y asistir a retiros. La preparación también es espiritual”, afirma Kristman Gómez, quien lidera el grupo juvenil de la parroquia y la puesta en escena.
“Tengo 35 años, y llevo 30 años subiendo para El Morro”, comenta Kimberly, vecina de la comunidad, quien organiza el grupo teatral. Ahora actúa junto a su hija, Euliev, de 9 años.
La afluencia de personas se nota kilómetros antes de llegar a la parroquia. Las motos desafían la gravedad, y los piquetes de distintas fuerzas de orden público empiezan a acumularse en las calles. Los vecinos, actores y visitantes de toda Caracas esperan expectantes, mientras aún se celebra la eucaristía de Viernes Santo. El juicio de Jesucristo empieza a las 3 pm.
En el medio de la calle, entre las casas de los vecinos, se erige un escenario que simula la fortaleza de Poncio Pilato. Los guardias romanos son interpretados por jóvenes cadetes de Polisucre, sus uniformes se revelan por debajo de sus vestuarios. Nadie se sale de personaje, y en primera fila, la prensa espera la llegada de Jesucristo.
El párroco, Alexis Montesinos, da unas palabras y empieza la función. Las ventanas de las casas aledañas están llenas de espectadores, e incluso un balcón funge como la cárcel en donde está apresado Barrabás. Un silencio de concentración y admiración invade las calles.
“Son 40 latigazos”, rumorean dos vecinas, expectantes al inicio de la pasión de Cristo. Ante el primer latigazo, se escucha un grito de horror a lo lejos. Después del segundo, la audiencia se empapa con la sangre de Cristo. “Es de mentira”, asegura un niño mientras intenta calmar a su hermana pequeña. “Es Fructus”, asegura otra mujer.
“Para hacer la sangre, hervimos agua con linaza el día anterior y luego le echamos colorante. La linaza le da el espesor que hace que parezca real”, afirma Kimberly.
Kristman ha interpretado a Jesús en cuatro oportunidades anteriores, aunque nunca pensó que sería escogido por su baja estatura. Migró a Colombia en 2017, empujado por la crisis socioeconómica del país, y regresó en 2021. Desde entonces se ha convertido en uno de los líderes más reconocidos de la comunidad. Junto al párroco, organiza y convoca. “Hacemos un gran esfuerzo, pero Dios es grande y nos sigue abriendo puertas y oportunidades para hacer el Vía Crucis. Yo lo llevo como ejemplo en mi vida, en el trabajo, en la familia”. En el Vía Crucis de 2026, el Cristo sufriente es interpretado por Moisés Ramírez, de solo 20 años.
La tradición petareña reunió a caraqueños de todas partes y de todas las edades: fieles, promeseros, fotógrafos independientes, prensa nacional e internacional.
Durante unas horas, los asistentes se abstraen de la política, de las cruces personales y colectivas, y acompañan a Cristo en su sufrimiento calle abajo. Las paredes del barrio están pintadas de morado, con imágenes alusivas a los Vía Crucis anteriores. Los azotes siguen salpicando, y la cruz de madera cae varias veces sobre el pavimento inclinado.
La procesión continúa. Niños en los hombros de sus padres graban el evento con sus teléfonos. En las aceras, lo profano persiste: se venden cervezas para acompañar la festividad. Muchos se adelantan y suben de una vez a El Morro, donde este año acondicionaron el mirador para recibir a los visitantes del Vía Crucis.
En la cima, el comercio se mueve. “Chupis, tetas refresco y agua”, se lee en un cartel pegado a una cava de anime. A las seis es la hora de volar papagayos, y el cielo parece un mar lleno de medusas. Más adelante, en un terraplén, se levanta justo enfrente de la cruz de El Morro un papagayo de siete metros. Joel, quien construyó el papagayo gigante, asegura que no quiere volarlo hoy. “Hoy el protagonismo es de Cristo”.
El momento de la crucifixión es el más duro y esperado. Los actores que representan a San Juan, María y María Magdalena lloran, y sus lágrimas reales contagian el dolor a la audiencia. Cristo es atado a la cruz, y Moisés mira hacia el cielo en busca de una respuesta.
A sus 40 años, el Vía Crucis de El Nazareno pareció desbordar las calles del barrio. Unas 2.000 personas, según estimaciones de los organizadores, acompañaron la representación. La tradición petareña reunió a caraqueños de todas partes y de todas las edades: fieles, promeseros, fotógrafos independientes, prensa nacional e internacional. Lo que empezó en 1986 como un grupo de vecinos representando la pasión de Cristo es hoy un emblema de la Semana Santa en Caracas, sostenido por la autogestión comunitaria y, más recientemente, acompañado también por apoyo de la alcaldía del municipio.
“Espero participar aquí hasta los últimos días de mi vida. Esto va más allá de lo teatral. Se siente en espíritu, es nuestra forma de honrar y hacer llegar el evangelio”, concluye Kimberly.
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