¿Es Maduro un Juan Vicente Gómez 2.0?

Hace justo 90 años murió el “Benemérito” que controló Venezuela por casi tres décadas. Ocasión para recordar cómo se sigue revisando su legado y evaluar cuánto se parece aquel país al que tenemos hoy

El 17 de diciembre de 1935, hace ya 90 años, falleció en el poder el general Juan Vicente Gómez, tras 27 años en los que ejerció un control absoluto sobre Venezuela. Su figura, envuelta en el misterio, la fascinación y el miedo, representa la culminación de la tradición autoritaria y el mito del orden. Tantos años después, y nuevamente inmersos en una trama autoritaria como la actual, cabe preguntarse: ¿qué permanece y en qué se diferencian nuestros días de aquellos de quien Manuel Caballero llamó el “tirano liberal”?

Estudiar los tiempos del gomecismo resulta hoy más pertinente que nunca. Existen puntos de comparación que ayudan a comprender el proceso más amplio en el que estamos inmersos. Tras más de medio siglo de revueltas y guerras civiles, Gómez derrocó a su convaleciente compadre Cipriano Castro e instauró una dictadura que fue adquiriendo distintos niveles de profundidad hasta concentrar en sus manos la totalidad del poder.

Sus detractores han puesto el acento en la crueldad del régimen, en el elevado número de presos políticos y exiliados, así como en las redes de represión interna y externa mediante las cuales persiguió y fragmentó a la oposición. Sus defensores, en cambio, subrayan que durante su mandato el Estado venezolano se consolidó como una estructura definida; destacan el pago de la deuda externa y sostienen que, gracias a la profesionalización de las Fuerzas Armadas, la construcción de carreteras y el impulso de la aviación, el país ganó en soberanía.

En la Venezuela actual, la represión, la censura, los presos políticos y el exilio han vuelto a convertirse en lo corriente. Y si hace 50 años el país se proyectaba en la promesa embriagadora del desarrollo y de una potencia latinoamericana en ciernes, la contracción de la economía, producto de las decisiones tomadas a lo largo de este siglo XXI, nos ha conducido a un país sin aspiraciones y reducido en su expresión material y simbólica. Maduro ha intentado “normalizar” los negocios de un modo que recuerda, en ciertos aspectos, al gomecismo: el negocio no solo permanece en manos familiares y de aliados, sino que se ha abierto también la posibilidad a los sectores de la burguesía más tradicional que quieran un modus vivendi en el que la adhesión no es a las leyes, sino a lógicas personales y de lealtad, permitiendo incluso prosperar si son apologistas del sistema, mientras las desigualdades sociales se profundizan y la existencia de una clase media se convierte en un recuerdo casi prehistórico.

Gómez se rodeó de la intelectualidad positivista de su tiempo, otorgándole cargos y capacidad de redactar las leyes; en la actualidad, ese papel ha desaparecido. En su lugar, el énfasis ha sido en captar y financiar influencers y propaganda en redes: una fachada comunicacional que, mientras demoniza el período democrático, se sostiene en la promesa de un retorno a los mejores años del país, los cuales son justamente los que el chavismo siempre ha negado.

Ambas figuras son advertencia de que, cuando se trata de abusos de poder y de sometimiento nacional, la historia no avanza de manera lineal ni garantiza un tránsito irreversible hacia la democracia.

En materia petrolera, si Gómez fue leal a sus propios bolsillos y dócil ante los dictados de las compañías extranjeras, el caso venezolano bajo Maduro ha sido el de una pérdida casi total de soberanía. Lo que había sido nacionalizado en 1976 se diluyó entre la corrupción y la falta de visión estratégica. Como nunca, la economía venezolana ha dependido de una sola empresa extranjera, como ocurre hoy con Chevron.

A ello se suma el contexto geopolítico. Mientras Gómez mantuvo la neutralidad durante la Primera Guerra Mundial, aunque en una relación claramente subordinada a los Estados Unidos, desde Chávez el país entró de lleno en el ring de la disputa entre potencias, quedando a la deriva y perdiendo progresivamente autonomía. Desde Gómez, ningún otro gobernante había mostrado tanta disposición a congraciarse con la administración estadounidense hasta el punto de ofrecerle el acceso a los recursos nacionales. Que Maduro no haya logrado convencer a Trump de su capacidad para entregarlo todo con tal de mantenerse en el poder remite a otros factores, pero los ofrecimientos han estado sobre la mesa.

Ni Gómez ni Maduro han tenido un verdadero plan de desarrollo nacional en ámbitos como la educación, la cultura, la salud o el deporte. En este sentido, el país parece haber retrocedido a la etapa previa al Programa de Febrero, cuando, tras la muerte del dictador, Eleazar López Contreras anunció la existencia de un proyecto para reorganizar la vida nacional. Hoy, las instituciones educativas, culturales y sanitarias se encuentran a la deriva o han ido desapareciendo; y pese a que se toleran alianzas público-privadas, no existe una coordinación de conjunto que articule esas iniciativas en torno a metas comunes ni a la construcción de un futuro compartido.

Por ello, las comparaciones, siempre odiosas, van más allá de un bigote robusto, de que ambos personajes hayan sido subestimados durante largo tiempo mientras concentraban el poder, o de que los dos reemplazaran, por enfermedad, a un líder carismático de discurso nacionalista que les había allanado previamente el camino al poder. Ambas figuras son advertencia de que, cuando se trata de abusos de poder y de sometimiento nacional, la historia no avanza de manera lineal ni garantiza un tránsito irreversible hacia la democracia.

Sin embargo, a pocas semanas de morir Gómez en su casa de Maracay, 1936 explotó como el año en el que las masas populares entraron en el debate público, se inició el proceso de organización de los partidos políticos modernos, sindicatos y asociaciones, y el gobierno tuvo que empezar la apertura y plantear soluciones reales a la problemática social del país. ¿Se avecina un nuevo 1936 para Venezuela?