María Corina ante la realpolitik de Trump con Delcy Rodríguez

La líder de la oposición debe hacerse indispensable a la transición utilizando su poder de convocatoria y el legado organizacional del 28 de julio de 2024

En otro artículo, advertimos que el mayor peligro para la oposición liderada por María Corina Machado en el preludio de una transición es que las FANB+PSUV y Estados Unidos se diesen cuenta que podrían alcanzar un acuerdo de convivencia e inclusive de liberalización y democratización sin necesidad de intermediación opositora.

Una primera reacción frente a lo que ha dicho Trump sobre Machado sería recordar la creciente popularidad de la vencedora de la interna opositora de 2023 y su rol clave en la campaña presidencial de Edmundo González Urrutia. Claramente, María Corina no es una líder sin apoyo ni respeto, pero no deja de ser cierto que nunca podrá sacarse de encima el fantasma de su acérrimo antichavismo, espectro que le impide convertirse en un interlocutor creíble para las FANB-PSUV en un proceso de transición. En una negociación por la redemocratización de Venezuela supondría la discusión de una amnistía y un arreglo que salvaguarde la integridad personal de los cabecillas de ambos aparatos, María Corina es la última persona en la que el chavismo podría confiar.

Una segunda reacción aparece al notar las primeras alocuciones beligerantes de Delcy Rodríguez, el ministro de defensa, Vladimir Padrino López, o el ministro de interior, Diosdado Cabello. No obstante, en el ya citado artículo advertimos que en un proceso de transición, que la alta cúpula partidaria y militar mantengan un discurso híper ideológico, anti-imperialista y doctrinario no es contradictorio con que sean al mismo pragmáticas al negociar con Estados Unidos. Mantienen ese discurso para que las FANB-PSUV puedan llevar adelante tal negociación, para asegurar la cohesión del bloque en el poder. 

El primero que suelte este discurso será denunciado como traidor, más cuando se busca quién ayudó desde dentro a la captura de Maduro. Si hay un cambio de tono será en la medida en que el bloque concierte avanzar en la transición. Esto ya está ocurriendo cuando el primer mensaje de diálogo y cooperación sin retórica beligerante lo da Delcy Rodríguez con la imagen de ella encabezando una reunión ministerial

No sin mí

Trump y Rubio repiten que su interés está en acceder preferencialmente al petróleo venezolano y recortar la influencia de China y Rusia en América Latina. No se menciona ni la necesidad de producir una salida del PSUV en el corto plazo. Habla de una transición en un lapso de un año, pero también de observar la disposición y capacidad para cooperar de Delcy.

Por ello, si la oposición y María Corina quieren prevenir que el tren de la transición arranque sin ellos abordo, necesitarán hacer algo irónicamente contradictorio: volverse un obstáculo insuperable de esa transición tanto para Estados Unidos como para las FANB-PSUV.

Machado no posee ni la experiencia ni los cuadros políticos hoy para asumir la presidencia de la República y dirigir la administración de la burocracia nacional venezolana. No basta tener técnicos formados en las mejores universidades de Occidente si no pueden navegar la telaraña de cuadros medios y bajos burocráticos y lidiar con los intereses de los burócratas, de las FANB y de Estados Unidos. Machado tampoco tiene los cuadros políticos hoy para negociar la gobernabilidad con una Asamblea Nacional y gobernaciones y alcaldías de mayoría chavistas. Incluso con elecciones generales en el corto plazo, tras 26 años fuera del poder, son pocos los dirigentes opositores con rango de maniobra para asumir a nivel local o legislativo funciones políticas.

Lo que Estados Unidos necesita de una transición (aparentemente económica, antes que política), ni Machado ni la oposición se lo pueden dar. Delcy Rodríguez, en cambio, sí puede. No obstante, el precio de relegar a la oposición es altísimo para quienes desean una renovación democrática. El problema es que no basta con pedir un lugar en la mesa si no se posee el peso suficiente para hacerse valer en ella. Por ello, si la oposición y María Corina quieren prevenir que el tren de la transición arranque sin ellos abordo, necesitarán hacer algo irónicamente contradictorio: volverse un obstáculo insuperable de esa transición tanto para Estados Unidos como para las FANB-PSUV.

Es decir, María Corina Machado tiene que conseguir que la transición no pueda ocurrir sin ella. Y para eso, necesita activar el único instrumento que nadie, excepto ella posee: la activación de la masa popular que supo movilizar en 2024. Y esto exige detenernos en ciertas consideraciones.

Qué es calle en 2026

Primero, no puede ser una convocatoria de calle sin retorno hasta la salida del PSUV. Se debe establecer objetivos asequibles en el corto plazo e ir reconstruyendo con racionalidad y economía de fuerzas la confianza del propio pueblo en su capacidad de intervenir en el sistema político. Las convocatorias a todo o nada sin garantías de éxito, como las de 2014, 2017 o 2019, al no tener un objetivo claro y real en el horizonte, desgastan a la población -que no pueden abandonar sus fuentes de ingreso indefinidamente para participar de movilizaciones diarias- y rompen su autoestima al percatarse que por más tiempo que pase, el PSUV no renuncia, la FANB no se rompe, nada cambia. 

Lo sensato en este contexto, en cambio, es empezar con objetivos que incomoden al FANB-PSUV, pero que no supongan un riesgo existencial para sus dirigentes, y que al mismo tiempo, la movilización no suponga una convocatoria de lucha abierta contra el gobierno, pero sí un desafío a la nueva normalidad de negocios que el FANB-PSUV y Estados Unidos están buscando construir.

Finalmente, esta activación organizada de las masas populares también supondrá de Machado hacerse consciente de que tendrá y deberá incomodar y emanciparse de los intereses estadounidenses para hacer valer los intereses venezolanos.

Solo para ensayar ideas, una posibilidad sería arrancar con un esquema de movilización semanal, en un día de la semana predeterminado, para exigir la liberación de todos los presos políticos. Únicamente con esta consigna, con una organización política detrás que busque prevenir confrontación con fuerzas de seguridad, pero que al mismo tiempo, la convocatoria empiece a entorpecer el funcionamiento normal del país. Exigir algo que el chavismo pueda, pero no quiera dar, hasta que eventualmente ceda o que Estados Unidos deba incorporarlo a su agenda de transición a riesgo de que la movilización opositora entorpezca las negociaciones que esté llevando adelante con la FANB-PSUV.

Esto requiere, por tanto y en segundo lugar, una organización política capaz de llevar adelante la planificación y ejecución de esta estrategia. Esta organización no necesita ser un partido político, ni sindicatos, ni las ONG, si bien su eventual articulación en un movimiento coherente hará más efectiva la convocatoria y movilización política. Más bien, la clave de esta organización ya la preparó Machado durante la campaña presidencial de 2024: los Comanditos. Lo que ya sirvió como estructura para sortear la persecución y censura del chavismo, y preparar técnicamente a ciudadanos a lo largo y ancho del país para encarar la campaña, la observación de las elecciones y la defensa y centralización física y digital de las actas del 28 de Julio, puede servir de modelo para pensar una organización política con raigambre popular capaz de encarar esta nueva estrategia política. Pero para ello, Machado debería lograr también que en la agenda de Estados Unidos aparezca elevar al máximo los costes de la represión y la persecución política, lo que nos hace volver al primer punto.

Finalmente, esta activación organizada de las masas populares también supondrá de Machado hacerse consciente de que tendrá y deberá incomodar y emanciparse de los intereses estadounidenses para hacer valer los intereses venezolanos. Ello implica aceptar la organización popular como su fuente definitiva de poder, pero también reconocer el imperativo de solidificar alianzas con otros actores internacionales con capacidad para mediar e interceder por ella frente a Estados Unidos: desde la Unión Europea hasta Brasil, Argentina o México, formular un bloque internacional que exija que en la mesa de negociación de la transición, los derechos humanos, las elecciones libres y las demás demandas populares tengan un lugar reconocido, en el que se pueda hacer valer y respetar.