Volver a “Doña Inés contra el olvido” en 2026

Con esta novela histórica de 1992, Ana Teresa Torres desplegó habilidad literaria de alto vuelo y una mirada única sobre las muchas metamorfosis de Venezuela entre la colonia y finales del siglo XX

Esta novela parte de una premisa irresistible: cuando mueres y te conviertes en un fantasma, eres una consciencia indetenible que atraviesa lugares y épocas, que lo sabe todo, y que por tanto puede contarlo todo. Dejas de ser un cuerpo pero ganas el poder de ser memoria y de ser literatura.

El título de esta gran obra de Ana Teresa Torres, publicada en 1992 por la entonces magnífica editorial estatal Monteávila Editores, es directo y transparente sobre lo que vas a encontrar en sus páginas. Doña Inés contra el olvido comienza con una matrona mantuana confinada a su cuarto dentro de una casa en el corazón de la Caracas de 1715, que intenta que alguien la escuche. La han dejado sola, dice, a nadie sino a ella le importa reconstruir el orden del mundo, que se está pervirtiendo porque en las tierras de la familia en Barlovento se ha creado un pueblo de antiguos esclavos, y bajo el liderazgo de un hombre que creció en esa casa, un hijo de esclava al que ella le concedió la libertad, y que sospecha, o más bien está segura, que es hijo de su marido.  

Al alzar la voz para reclamar que le restituyan lo que es suyo, y para que otros no adquieran el status que para ella pertenece a unos pocos, Doña Inés va a relatar la historia de Venezuela tal como ella la heredó de sus ancestros que vienen de los conquistadores, y tal como ella la está presenciando desde el pináculo de la sociedad. Una posición que implica privilegios materiales, pero también un enorme desconocimiento del mundo, de las vidas de los otros, confinada en su existencia delimitada por las rígidas normas de clase, la condición de mujer y la reclusión en unas pocas calles de aquella Caracas de treinta mil vecinos. De esa manera, hay muchas cosas que este personaje no ve y no cuenta, y muchas otras cosas que por el contrario es capaz de revelar ante nosotros.

Por la manera tan esquemática y distorsionada con que nos enseñaron siempre nuestra historia, tendemos a pensar que fuera de los enfrentamientos iniciales o del sismo de Nueva Cádiz no pasó nada en Venezuela hasta las rebeliones de los “precursores” como Chirino, Gual y España, y el 19 de abril de 1810. Pero en esta novela se advierte que esa Venezuela colonial del siglo XVIII no era nada tranquila. Las desgracias no cesan, las epidemias no terminan de acabarse cuando son relevadas por nuevas oleadas, y la élite ve que entre sismo y sismo se van relajando más las costumbres, como se aprecia desde su perspectiva, lo que en la práctica significa que las otras castas amenazan sus privilegios sin que la metrópoli haga mucho por impedirlo. 

El reclamo de Inés de Villegas y Solórzano, que cita papeles sobre el pasado y el presente de su estirpe, sobre los privilegios y las tierras y seres humanos que poseen, sobre su pureza de sangre y sus privilegios de origen divino, es el soplo que mantendrá en alto la voz narrativa a lo largo de tres siglos. Porque pasan las décadas y Doña Inés sigue contando. Uno saca la cuenta y ve que no puede estar viva y cree que ahí parará la historia, que esa voz se callará con la muerte de Doña Inés mucho antes de que estalle la independencia, pero continúa. Doña Inés no muere. O más bien, muere pero eso es lo de menos, porque no calla. Esa voz en esa habitación sigue contando, sigue haciendo reclamos y sigue narrando un cataclismo tras otro, un cambio tras otro. Ella no puede evitar que su mundo cambie y, eventualmente, desaparezca. En ese sentido, tiene una conexión País portátil, así como en ciertos aspectos técnicos, mientras que se se separa claramente de la guerra cultural de Doña Bárbara y la guerra de clases de Las lanzas coloradas.

Desde su cama, la matrona le habla a los muertos, a blancos y a negros, revolviendo papeles y recuerdos. Trata de imponer orden desde ahí, al menos de combatir el olvido, pero no puede ni con el caos ni con la desmemoria de lo demás, porque cada realidad que intenta fijar con la palabra de ley escrita en un documento se deshace entre las decisiones de las personas, sobre todo hombres, y las sacudidas del paisaje: terremotos, incendios, revoluciones. Viene la Independencia, y luego los años de Páez, y la Guerra Federal, Guzmán, Gómez, el siglo XX… La voz de Doña Inés se muda con sus descendientes a otra parte de la ciudad, porque su vieja casa deja de existir, y se arrastra a los años 80 del siglo XX. En el camino uno escucha algunos cambios en esa voz, nota que se le han pagado palabras y expresiones que no existían cuando comenzó a hablarnos allá por 1715, y que tantas transformaciones la han hecho revisar algunas de sus pétreas opiniones, aunque no lo vaya a reconocer.  

Y la persistencia de esa conciencia de Doña Inés te lleva a hacerte preguntas. A lo mejor lo que llamamos Historia en realidad es eso, una voz fantasmal al fondo de una vieja casa que mana de un legajo de papeles que han sobrevivido al agua, el fuego y los insectos. 

Nuevas voces en viejos silencios

Ana Teresa Torres (retratada por Lisbeth Salas en la imagen que acompaña este artículo) recuerda perfectamente cómo decidió organizar su novela desde esa perspectiva. “Al principio”, cuenta desde Toronto, donde pasa parte del año, a Caracas Chronicles, “no había ningún problema porque el personaje hablaba acerca de lo que ocurría en el ámbito de su vida o de sus recuerdos, pero ocurrió lo que es habitual con los personajes de ficción (siempre insisto en esto) y es que empiezan a tomar sus propias decisiones y es muy importante permitírselo porque quiere decir que se ha logrado crear un personaje con entidad propia y no una marioneta o una voz emitida por un ventrílocuo. Doña Inés comenzó a hablar no solo de las circunstancias del presente y del pasado sino también del futuro, testimoniando acerca de situaciones y personas que no podía haber conocido ni entendido. Un recurso técnico hubiera sido que esas narraciones correspondieran a otros personajes que fueran surgiendo según las necesidades de la época y del tema, esa idea era perfectamente posible, pero me parecía que de ese modo la novela se transformaría en un conjunto de relatos y perdería unidad. Entonces tomé la decisión de que la voz seguiría siendo la de ella, la del personaje que me había introducido en su mundo, y la única manera de escucharla era que mantuviera su identidad”. 

Ahí surgió el viaje en el tiempo y la necesidad de proponerle al lector lo que Torres ha descrito en sus ensayos como el pacto de la ficción: ese acuerdo entre los autores y los lectores en los que se embarcan, cuando sale bien, en una historia que se sabe inventada. “No pedía (al lector) que creyera en fantasmas, sino que acompañara a Doña Inés en su sorpresa de lo que va viendo y escuchando cuando sobrevuela por épocas futuras. Efectivamente, fue una decisión técnica y afortunadamente los lectores no solo la comprendieron sino que la disfrutaron”.

Otra cosa, leída desde el presente, es la competencia entre historia y memoria. Compensábamos el desconocimiento de la historia con una memoria contaminada con muchos recuerdos falsos, con mitos, y luego llegó el chavismo a manipular ese proceso. Hoy, en 2026, podemos ver intentos serios por parte de profesionales, pero también por parte de entusiastas que a veces hacen cosas muy interesantes, para reconstruir un pasado sin distinguir entre historia y memoria. Para la autora de Doña Inés contra el olvido, sin embargo, no existe tensión entre historia y memoria: ambas son una narrativa.

“No quiero decir que las narrativas sean mentirosas (aunque pueden serlo) sino que son una forma de presentar (y omitir) los hechos, lo que supongo no cuenta con el acuerdo de todos los historiadores”, explica Torres. “Por dar un ejemplo: la historia y la memoria de la guerra de Independencia desde la mirada patriota son ambas las de una gesta heroica para devolverle la libertad a los pueblos sometidos a la corona española, pero supongo que esos mismos sucesos, vistos desde la perspectiva de un realista tomarían un sentido diferente”. Torres recuerda el comentario del académico Omar Osorio Amoretti: Doña Inés contra el olvido presenta la visión de una historia concebida como una continuidad de fracasos “que emana del decaimiento del programa republicano democrático que se vivió a finales de los años 1980, cuando escribí la novela”.

Con todo esto, ¿la narrativa nos ayuda a resolver ese conflicto entre historia y memoria, o más bien a reunir las piezas que faltan, o a señalar dónde están los huecos en el rompecabezas?  “No creo que la narrativa resuelve el conflicto entre historia y memoria”, concluye Ana Teresa Torres, “porque los escritores, igual que los historiadores, son proclives a introducirse en los relatos con sus propias opiniones y visiones, sean conscientes o no de ello. Mi opinión va más por el lado de las piezas faltantes en la medida en que la novela es capaz de introducir muchas voces, que no son ni ciertas ni inciertas sino diferentes visiones de los hechos que por lo tanto abren más lecturas acerca del pasado”.

Falta ver cuáles otras visiones ofrece volver desde 2026 a una novela muy distinta, de 1979, que también explota la voz de los mantuanos: Los amos del valle, de Francisco Herrera Luque.