Una sociedad que tuvo que salvarse a sí misma

En Los Palos Grandes, como en otras partes de Caracas, rescatistas extranjeros y voluntarios sin experiencia hacen lo que pueden entre las ruinas

Cuando mi abuela me contaba cómo tuvo que correr por las escaleras con mi madre en brazos mientras las paredes del edificio se inclinaban por un gran temblor, nunca pensé que me tocaría a mí vivirlo. El terremoto del 67 parecía una anécdota lejana, casi fantasiosa, una especie de leyenda. Pero el pasado miércoles 24 de junio un doblete sísmico cambió el rumbo de todas las cosas, y aquel cuento lejano se volvió la realidad de todo un país. Venezuela aún respira, pero no como antes. 

Caracas amanece soleada días después del día más gris del año. Pero el cielo despejado no refleja lo que ocurre en las calles que aún están llenas de escombros, paredes rotas y carpas improvisadas. Los Palos Grandes, una de las urbanizaciones más antiguas de la ciudad, iba a celebrar sus 97 años el sábado; la alcaldía había preparado un evento nocturno en donde las calles se llenarían de vecinos tomando cerveza y celebrando en algunas de las cinco tarimas que ya estaban anunciadas. Pero en vez de eso, los vecinos salieron con picos, palas y cascos para hacer labores de rescate, sin ningún conocimiento previo. 

“Yo vivo cerca de aquí, por eso también sentí la responsabilidad de ayudar”, comenta un vecino de la urbanización que está a punto de entrar a la zona afectada junto con diez jóvenes más. Lo único que diferencia su vestimenta de un día normal es el casco, la pala y los guantes que lleva encima. “La organización ha sido la parte más difícil de lograr, al fin y al cabo, somos ciudadanos normales que no tenemos experiencia ni preparación para esto”. 

La operación en el edificio Petunia estaba supervisada por Cristian “Perra” Kuperbank, un rescatista argentino miembro de Los Topos de México. “Nos encontramos con una demanda muy alta, es una situación complicada y hay muchos focos que atender”, dice Kuperbank, quien trabaja mano a mano con los rescatistas y voluntarios locales. El grupo de rescatistas llegó a Venezuela a las 48 horas de los terremotos de magnitudes 7.1 y 7.5 que sacudieron al país. En la madrugada y la mañana del 27 lograron encontrar dos cuerpos. 

“Es muy complejo estar ahí dentro”, comenta el rescatista bonaerense. “Una sola decisión puede significar que algún escombro se caiga y poner en riesgo a una persona, no es tan fácil”, respondió ante las preguntas varias sobre sobrevivientes en el edificio. Aún así, Kuperbank aclaró que puede haber sobrevivientes incluso de siete a nueve días después de un derrumbe. 

Se espera que en los próximos días lleguen más miembros de los Topos de México, que tiene rescatistas en distintos países. Al menos cinco rescatistas más están en camino por la carretera desde Brasil. Kuperbank aún no ha bajado a La Guaira, la zona más afectada por el terremoto. 

Mientras que unos edificios apenas tienen grietas, otros quedaron catalogados como inhabitables por los ingenieros civiles y la alcaldía. Ese es el caso del edificio Palace, a pocos metros del Petunia, que está completamente roto y vacío. Sus habitantes acampan en el estacionamiento frente a la residencia. “No lo han declarado inhabitable, pero sabemos que no podemos volver”, comenta Memé, quien después de los terremotos quedó atrapada en el primer piso: su puerta se había trabado y no logró salir en los primeros minutos. 

El Palace pudo haber sido otro de los edificios colapsados de Los Palos Grandes, según Sailyn Laguna Sarabia, una vecina del piso nueve, quien sube de a uno junto a otros propietarios para rescatar lo que puede: un cuadro que tenía en la sala, electrodomésticos, ropa. Adentro se camina sobre vidrios rotos y las columnas, inclinadas, inspiran poca confianza. “Algunos han encontrado otros lugares para quedarse, pero el resto se queda pernoctando en el estacionamiento de enfrente”, dice Saylin.

Para ella, la pérdida es doble: su otro apartamento, ubicado en Guarenas, también sufrió daños estructurales que lo hacen inhabitable. En medio de la pérdida, su voz refleja la desconfianza generalizada sobre la gestión de la emergencia: “Necesitamos una ayuda auditada, una ayuda que de verdad llegue a todos y cada uno de los venezolanos que en este momento estamos afectados por esto”. Su mirada se pierde en la calle. 

En muchos lugares de Caracas se ven centros de acopio y campamentos en plazas o estacionamientos. El Parque del Este se ha transformado en uno de los refugios improvisados más grandes de la ciudad, con desplazados de la costa y de la capital. Entre ellos está Ivis Cabello, de 64 años, quien por iniciativa propia. “Nosotros venimos del barrio Santa Cruz de Baruta, allá las casas están demasiado pegadas y hay muchos problemas con los cables que cuelgan”. Aunque su zona no sufrió derrumbes, Cabello prefirió irse de su casa por temor a las réplicas. “Salía de mi casa cada cinco minutos, yo y mis hijos no hemos podido dormir en paz desde lo que pasó”, comenta mientras se prepara para recibir la noche en su carpa. 

Hasta la mañana del domingo 28, la cifra oficial era de 1.430 personas muertas, más de 3 mil heridos y más de 50 mil desaparecidos. Esos números van a aumentar, parte de la historia que vive la sociedad que, como la describe el rescatista Kuperbank, ha tenido que salir a salvarse a sí misma para asegurarse de que, a pesar de las grietas, el país siga respirando.