Un hospital de guerra en un McDonald’s saqueado
Un policía dejó que un equipo de jóvenes médicos usara la tienda como base. Así se siente el corazón de la zona de desastre

Foto: Matias Delacroix / AP
Cuando, después de atravesar Caracas, nos recibió el caos de las motos y los autos esperando su turno para pasar por las calles de La Guaira, creímos que era un anuncio de lo que venía. El calor y el polvo hacía pensar en algún remoto lugar de Medio Oriente. Los restos de lo que siete días antes era el malecón de la ciudad yacían delante del mar Caribe. El ruido de las ambulancias nos acompañó hasta Caraballeda, adonde nos dirigíamos para abastecer un pequeño hospital improvisado en el antiguo McDonald’s.
Nos turnábamos el paso con camiones de carga y rescatistas que volvían a sus casas llenos de polvo, aún con máscaras. Entre más nos adentramos en la ciudad, aumentaba el olor a putrefacción del que ya habíamos escuchado hablar. Se hizo más intenso cuando nos desviamos de la avenida José María España para meternos por las pequeñas calles residenciales con casas y edificios colapsados, sin indicios de que en ese momento nadie estuviera buscando sobrevivientes en ellos.
Me acompañaban dos amigos. En una vieja camioneta blanca llevábamos insumos médicos, ropa, decenas de martillos y algunas palas. Salimos de Valencia convencidos de que podríamos ayudar a remover escombros. Bastó llegar para comprender que nuestras herramientas poco podían hacer frente a toneladas de concreto. Ninguna pala ni ningún martillo podían mover las enormes vigas bajo las que permanecían atrapados padres e hijos, abuelos, hermanos y amigos de La Guaira.

Ángel Matute, el voluntario que montó el hospital dentro del McDonald’s.
A las 6:00 pm del primero de julio vimos en lo alto de la avenida el logo de McDonald’s y supimos que ya habíamos llegado. Para nosotros el estado Vargas (como le seguimos diciendo aunque Maduro le haya cambiado el nombre a estado La Guaira) era algo nuevo. Nunca habíamos estado allí sino para usar el aeropuerto de Maiquetía.
Al llegar nos recibió Ángel Matute, un voluntario de Barquisimeto que había viajado a La Guaira apenas un día después del terremoto. Mientras descargábamos las cajas de ropa e insumos médicos que llevábamos desde distintos puntos de acopio de la ciudad de Valencia, detrás del mostrador decenas de jóvenes médicos habían convertido un McDonald’s en un hospital de campaña. Se movían con la precisión con que debían hacerlo en un quirófano, pero entre freidoras apagadas, cajas para hamburguesas y máquinas de refrescos que habían dejado de cumplir su función.
“Todo lo que vi son cosas horribles que me han afectado mentalmente, pero aún así no quiero dejar de ayudar porque sé que toda la gente que está aquí espera recibir ayuda…”
Las jeringas, los morrales y las mascarillas ocupaban la cocina. Las mesas donde antes se comía eran ahora usadas por los médicos voluntarios que llegaban cubiertos de polvo para descansar antes de salir otra vez a los lugares donde se estuviesen sacando cadáveres.
“Hermano, cuando llegué a la ciudad todo el McDonald’s estaba saqueado y vacío; hablé con un policía para usar la instalación como un refugio y me dijo que si lo hacía, no me arrestaría”, me contó Ángel.
Como una broma para aliviar el estrés, decíamos que era un hospital de guerra. Pero el apodo era perfecto, porque lo que allí se vivía se asemejaba más a un lugar devastado por bombas y disparos que por un terremoto.
“Yo llegué el día jueves desde Barquisimeto y no esperaba encontrarme lo que hay aquí”, me decía entre lágrimas. Al llegar tuvo que recuperar un torso humano. “Todo lo que vi son cosas horribles que me han afectado mentalmente, pero aún así no quiero dejar de ayudar porque sé que toda la gente que está aquí espera recibir ayuda, como lo haría yo si estuviese en su lugar”.
Esperando por los cuerpos
A las 10:30 pm, luego de dejar las cosas en el almacén improvisado dentro del cuarto de limpieza del McDonald’s, salí a caminar entre los vecinos que pernoctaban en las calles, bajo la lluvia y en la acera. Me tomó menos de dos minutos darme cuenta de que a unos veinte metros, ocultas por la oscuridad, estaban las ruinas de un edificio.
Al acercarme pude leer su nombre: Residencias Breña Sol. Solo estaba en pie la entrada. Junto a la puerta esperaba Yalezka Gutiérrez. Su madre Mayra, de 65 años, vivía en el piso 1.
“Yo estaba fuera de mi casa en el sector Los Corales cuando ocurrió el terremoto”, me contó Yalezka. “Lo primero en lo que pensé fue en mis dos hijas, una de seis años y la otra de catorce; las había dejado solas mientras compraba algunas cosas en una tienda cercana. Salí corriendo hasta el lugar en el que ellas estaban pero el movimiento del terremoto me lanzó al piso. Cuando por fin pude llegar, ellas habían logrado salir. No tenía señal para comunicarme con mi mamá así que decidí cruzar el río San Julián. Tenía la esperanza de encontrarla, pero al llegar, los vecinos me afirmaron que ella no logró salir. Ahora estoy esperando sacar su cuerpo”.
En La Guaira, el tiempo dejó de medirse desde el terremoto. Empezó a contarse desde la última vez que cada familia habló con quienes aún permanecían bajo los escombros.
A pocos metros de ella esperaban Anthony y su hermano Adán. Su padrino permanecía atrapado bajo los escombros del mismo edificio. Anthony, soldado del Ejército que se encontraba de permiso en Caracas cuando ocurrió el terremoto, llegó a La Guaira apenas pudo.
“Vine a buscar a mi padrino”, dijo Anthony, “pero el edificio ya no estaba. Me arrastré por un hueco que había entre los escombros y me encontré con un sofá blanco, el mismo que tenía en su sala. Estaba lleno de la sangre que goteaba desde los escombros. Me voy a quedar aquí hasta que logre sacar a mi familia”.
Su abuela, “la nona”, quien vivía en un edificio del otro lado de la avenida, también estaba atrapada. No había manera de encontrarla sin la maquinaria que trabajaba, según los familiares que esperaban al lado de los escombros, en otras veinte estructuras del mismo sector. Anthony destapó una botella de agua que unos voluntarios acababan de darle desde una camioneta cargada con alimentos e insumos. El agua de la zona estaba contaminada y esa era la única opción para hidratarse. Pero ni siquiera el agua embotellada escapaba del ambiente: el olor de la descomposición parecía filtrarse en cada sorbo, dejando un dulzor extraño y persistente que acompañaba a cualquiera desde el primer minuto en La Guaira.
Dentro de las ruinas
Después de cuatro horas de recorrer las calles volví al McDonald’s. Mientras conversaba conmigo, a las 3:30 de la madrugada sonó el teléfono de Jesús Molina. Vive en Bucaramanga y cruzó la frontera apenas supo del terremoto. Desde hacía una semana dormía sobre el piso del McDonald’s junto a un grupo de estudiantes de veinte, veintiún años. Nadie preguntó qué había ocurrido. Se pusieron sus cascos, tomaron las máscaras antigás 3M 6200 que muchos venezolanos habían usado en las protestas para protegerse del humo lacrimógeno, y partieron hacia el edificio OPP 33. Decidí ir con ellos.
Cuando llegamos, bomberos y rescatistas trataban de abrirse paso entre la tierra y el concreto para recuperar un cuerpo. Nos arrastramos por una abertura apenas lo suficientemente amplia como para dejarnos pasar. Incluso con la máscara y el casco con los que me equipé en un instante cuando uno de esos rescatistas voluntarios los soltó en mis manos antes de salir, el olor seguía imponiéndose. Una puerta de madera, aprisionada por las vigas del edificio, bloqueaba el único acceso. Tras varios intentos logramos moverla.

El edificio OPP 33 donde trabajamos para recuperar un cuerpo.
Del otro lado, una losa aplastaba el cuerpo de una víctima. No podíamos verla por completo, pero una fina corriente de sangre se escurría por una grieta del concreto. Comenzamos a golpear la losa para abrir espacio. Entonces el edificio cedió apenas unos centímetros: el ruido de la estructura y el techo que se nos acercaba nos lo hicieron saber.
Pero también entendí que las tragedias no solo se afrontan con grandes gestos. Se enfrentan con cientos de personas haciendo lo poco que cada uno puede.
El silencio duró un instante. Nadie dijo una palabra. Levantamos la vista, comprobamos que la estructura seguía en pie y continuamos trabajando. Luego de dos horas y media de esfuerzos, dimos paso a que otro equipo de rescatistas se incorporara a lo que allí estábamos haciendo. Ellos tendrían la responsabilidad de extraer el cuerpo de la persona que habíamos encontrado.
Regresamos al McDonald’s que se había convertido en nuestra casa durante dos días y una noche, y volví al Breña Sol. Anthony seguía sentado allí. La retroexcavadora todavía no había llegado a ese edificio ni al otro lado de la avenida donde seguía atrapada su nona. Me despedí y él apenas levantó la mano. No tenía prisa. Llevaba días esperando y estaba dispuesto a quedarse lo que hiciera falta. En La Guaira, el tiempo dejó de medirse desde el terremoto. Empezó a contarse desde la última vez que cada familia habló con quienes aún permanecían bajo los escombros.
Mis amigos y yo cargamos nuevamente en nuestra vieja camioneta blanca las pocas cosas que llevábamos de vuelta: nuestra ropa llena de polvo y algunas botellas de agua. Emprendimos el viaje de regreso a Valencia con la sensación de llevar casi el mismo equipaje. En La Guaira quedaron conversaciones con personas cuyos nombres apenas alcancé a recordar, abrazos con voluntarios que conocí entre montañas de concreto y la certeza de que, en medio de una tragedia, los desconocidos pueden convertirse en un equipo.

Niños jugando en campamento médico Tanaguarenas 1.
Durante el camino me pregunté varias veces si realmente habíamos ayudado. Es difícil medir el valor de unas manos más removiendo escombros o de una noche sin dormir cuando el desastre parece no tener fin. Quizás nuestra contribución fue pequeña frente a la magnitud de lo ocurrido. Pero también entendí que las tragedias no solo se afrontan con grandes gestos. Se enfrentan con cientos de personas haciendo lo poco que cada uno puede.
Regresé a casa con el cuerpo exhausto y con la ropa impregnada de un polvo que desapareció después de algunas lavadas. Hay otras cosas que, sin embargo, todavía permanecen: los rostros de quienes buscaban a un familiar, el sonido de las herramientas golpeando el hormigón y la solidaridad silenciosa de quienes llegaban sin buscar nada a cambio. La carretera terminó aquella tarde. La Guaira, para mí, todavía no.
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