Las preguntas que los terremotos nos abrieron por dentro
Luego de días y noches de búsqueda, finalmente hallaron el cuerpo de mi prima en los escombros del edificio Oasis Beach. Pero no dejo de preguntarme cómo hubiera sido distinta esta historia

Foto de Erick Franco
¿Y si hubiera…?
Esta familia de preguntas nos llena la boca a muchos venezolanos en este justo momento. Sus ramificaciones se nos meten en la garganta y nos asfixian en el llanto, en la pérdida, en la frustración. ¿Y si yo hubiera estado allá? Muchos deseamos estar en La Guaira, en Caracas, en Venezuela, sacando y sacando escombros, así sea con las uñas, aunque la estructura colapse y nos lleve con nuestra mamá, papá, hijos, primos, compadres, amigos, paisanos y hasta gente de otros bandos con quienes la enemistad dejó de tener sentido.
Hoy, como ciudadanos de un país, la mayoría comparte la pérdida y el desamparo. Cada uno de nosotros ha perdido algo o alguien. Sin embargo, todos hemos ganado una certeza: estamos desamparados. El país del que venimos o en el que vivimos nos falló. Y así se siente en carne viva, mientras Delcy, la encargada de este Estado fallido y monstruoso, quiere vender una realidad que ninguno de nosotros puede creer.
Tendríamos que sacarnos los ojos, como Edipo, para seguir defendiendo al culpable de nuestro luto.
Claro está que lo sucedido es un desastre natural, un doblete nefasto de terremotos de más de siete de magnitud, pero ¿y si esos edificios de la Misión Vivienda no hubieran sido construidas con anime, como se vio en múltiples videos? Nos han venido estafando sistemáticamente, unos y otros, haciéndonos creer que, si hacemos esto o aquello, podremos progresar a un estado en el que por fin no vivamos escindidos los que estamos fuera y quebrados los que están dentro del país.
Unos y otros nos venden ideas de una patria que, por más que cantemos a gritos las canciones de Rawayana, no termina de formarse.
Si algo nos mostró esta tragedia, es que la Hidra sigue teniendo el control y Heracles está lejos de nuestras tierras.
¿Y si se hubieran llevado a los jefes del gobierno chavista? Temo que mi esperanza nunca ha estado en las acciones punitivas en países extranjeros, porque siempre he visto la situación de Venezuela como la Hidra de Lerna. Este monstruo poseía múltiples cabezas; cuando se cortaba una, otra volvía a nacer en su lugar. Heracles, en sus trabajos, por fin la vence con ayuda de su sobrino, que cauteriza las cabezas a medida que se cortan. ¿Qué tendremos que cortarnos como país para pasar esta página? Releyendo el mito, recordé que la hidra es inmortal. Hay una de las cabezas que nunca muere, pero es neutralizada y enterrada bajo una roca para la eternidad. Como el chavismo, que no podemos borrar de un soplo sin importar cuánto lo rechacemos, pues está incrustado en todas las instituciones del Estado y en muchos de sus ciudadanos. Y si algo nos mostró esta tragedia, es que la Hidra sigue teniendo el control y Heracles está lejos de nuestras tierras. ¿Y si hubiera estado Heracles?
¿Y si hubiese llegado la ayuda antes? Estoy lejos de ser una analista política; soy una simple venezolana que observó los hechos a través de las pantallas y los mensajes de WhatsApp, como otros que estamos fuera, parte de esa diáspora que solo alcanza el suelo venezolano con dinero y angustia. Solo que esta vez me tocó ver cómo la vida de mi prima se desvanecía a cada segundo que pasaba sin ayuda. Indignada y enardecida, vi cómo los rescatistas eran sometidos a mil trabas para llegar a los sitios donde más eran necesarios. Me tocó ver cómo, de muchos países, la gente se abocó a ayudarnos, a enviarnos, a donarnos, a mirarnos otra vez en una desgracia. Pero ¿qué habría sucedido si hubieran llegado antes?
La Fuerza Armada venezolana no salió. ¿Debían ser ellos expertos en rescate? No, por supuesto que no, pero deberían ser quienes conocieran el terreno para guiar los esfuerzos y organizar la situación. Una decepción más, otro desamparo, porque no se trata de la efectividad, se trata de que está comprobado por enésima vez que su misión no es ser protectores de la ciudadanía en caso de catástrofes naturales sino ser los garantes del control. Basta recordar las protestas de años atrás. En esta ocasión, los miembros de las fuerzas de control del Estado desbloquearon un nivel más de vileza al buscar entre los escombros cualquier cosa que pudieran llevarse antes de levantar un dedo para ayudar, e impedir que la ayuda llegara.
Los rescatistas pedían una prueba de vida para moverse, actuaban con protocolos que para los familiares eran desconocidos. Había que llamar la atención de los rescatistas como fuera.
¿Y si nos hubiéramos organizado mejor las familias de cada uno de los edificios? Son maravillosos todos los esfuerzos que, de inmediato, hicieron para sacar herramientas para reportar y ubicar a los desaparecidos. Admiro a cada persona que pensó en una idea que buscó suplir una falta de estructura gubernamental, admiro a los topos digitales que conectaron los recursos, admiro a la persona que armó bases de datos y hasta a los voluntarios que transcribieron las listas hechas a mano. No obstante, la organización de los familiares, dentro y fuera del país, se hizo de manera más rudimentaria: mediante grupos de WhatsApp. Grupos de hasta quinientas personas compuestos por familiares, amigos, conocidos y mirones.
El liderazgo se peleaba a pulso en estos grupos, porque cada uno tenía un objetivo: salvar la vida de alguien. Mandar lo que fuera y como fuera para que la esperanza de encontrarlos con vida se mantuviera. Una operación que, en el caso del edificio Oasis Beach en Playa Grande, requería gestionar las necesidades de un equipo enorme de voluntarios y rescatistas, maquinaria pesada, insumos, alimentos e hidratación, con poca gente en el sitio y una señal intermitente. Cuando sabían que se necesitaba algo, entre comunicarlo y conseguirlo, la necesidad cambiaba.

Trabajos para remover los restos de lo que fue un bello edificio que miraba al mar (cortesía de la familia Morett).
Los rescatistas pedían una prueba de vida para moverse, actuaban con protocolos que para los familiares eran desconocidos. Había que llamar la atención de los rescatistas como fuera. Buscar esas pruebas de vida en un edificio enorme de unos ciento sesenta y cinco apartamentos, cuya estructura y forma de colapsar impedían que perros, escáneres y otros equipos penetraran lo suficiente. Necesitábamos Topos. Queríamos una oportunidad. Túneles, placas de más de diez toneladas, ingenieros, rescatistas de múltiples países.
Aun mientras escribo esto, a las tres de la mañana del sábado 4 de julio, se cree que al menos hay una persona viva. No corrimos con la fortuna de que fuera Kathy. La encontraron en la tarde del día 3 de julio junto a su novio. Ambos eran deportistas. Ella, de 36 años, tenía una academia de kickingball para niñas y jóvenes y él era basquetbolista profesional. A Kathy todos la conocían en La Guaira y estaba muy involucrada con su comunidad, como se nota en los tantos mensajes que nos llegan a sus familiares.
Para estas no tengo más que un profundo dolor, que no me deja respirar, que me hace más preguntas y se me atora.
Todos en esta historia somos personas en medio del trauma, del shock de haberlo perdido todo o de tener un familiar bajo los escombros, haciendo lo único que podían en ese momento, cada uno en su propia circunstancia, sin dejar de hacernos preguntas.
¿Y si hubiéramos conseguido la grúa telescópica antes? ¿Y si hubiéramos conseguido la retroexcavadora? ¿Y si hubiéramos abierto por la parte de atrás? ¿Y si hubiéramos tenido esa antena de Starlink o esas luminarias al menos dos días antes?
Ahora me quedan los otros “¿y si…?” ¿Y si la hubiera visitado más? ¿Y si la hubiera llamado? ¿Y si no me hubiera ido de Venezuela? ¿Y si le hubiera dicho más veces que la quería? ¿Y si la hubiera conocido mejor? ¿Y si pudiera tener otra oportunidad?

Kathy, entrenadora de kickingball y buena vecina (cortesía de la familia Morett).
Para estas no tengo más que un profundo dolor, que no me deja respirar, que me hace más preguntas y se me atora. Un dolor que me asalta en cada respiro, que se abre cuando la miro en fotos, recuerdos y videos. Un dolor que quiere abrazar a una familia que está lejos, desperdigada por el mundo a falta de un país que los ampare. Un dolor que se culpa. Un dolor que piensa en los sobrevivientes, como mi tía Soraya, quien, gracias a la luz de su celular, pudo ser rescatada la misma noche del 24 de junio por alguien que pasaba por allí, que, sin cuerdas, la sacó y la lanzó a otro que la recibió como pudo, partiendo su pelvis, pero salvando la vida. ¿Cómo vamos a decirle que su hija, su catira hermosa, ya no está?
Pero, sobre todo, como venezolana, me queda una rabia y una pregunta: ¿y si hubiésemos tenido otro gobierno?
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