La costa más allá de Vargas también sufre el impacto económico de los terremotos
Los daños alrededor del Parque Nacional Morrocoy paralizaron el flujo de turistas del que dependen las comunidades vecinas

La Bendición de Dios tiene sus sillas tan vacías como la carretera. Fotos por Jesús Vizcaya
Yaritza y su esposo Fernando esperan la llegada de los turistas que, desde hace doce años, desayunan en su local de comida en Boca de Aroa, en la breve franja costera del estado Yaracuy. Su puesto “La Bendición de Dios” es la principal fuente de ingresos de la familia. Sin embargo, un mes después de los terremotos del 24 de junio, por la carretera que trae gente desde el centro y el oriente del país hacia las playas del Parque Nacional Morrocoy casi no transita nadie.
Fernando dice que el tráfico disminuyó claramente luego de los sismos. Hoy se sabe que el epicentro del primero de los terremotos del día de San Juan fue muy cerca de allí, al sur. Algunas casas de la zona también sufrieron daños. “Antes del terremoto el flujo de viajeros era considerablemente alto”, dice, “pero nuestras ventas ahora son tan solo un 25% de lo que eran antes. Ahora vivimos con los ingresos diarios. Lo que ganamos en el día lo usamos para comprar lo necesario”.

Yaritza y Fernando tratan de superar la crisis con el mejor humor posible
Fernando y Yaritza no son una excepción. En Boca de Aroa, como ocurre en otras comunidades costeras de la región, buena parte de la economía depende del flujo de visitantes de ciudades cercanas como Valencia y Barquisimeto. Para llegar hasta los cayos de Morrocoy desde Valencia hay que pasar por la carretera Troncal 3, que atraviesa Boca de Aroa. Los sismos causaron daños en esta vía flanqueada por cocoteros, y varios de sus tramos permanecen cerrados, así que el tránsito debe desviarse por rutas alternas mucho más precarias, lo que termina reduciendo el paso por Boca de Aroa y por tanto los clientes. Los autobuses que antes acudían a la costa llenos de viajeros ahora llevan un puñado de pasajeros, en su mayoría habitantes de la zona, que descienden uno a uno apenas reconocen sus paradas habituales.
A lo largo de ese trayecto se sostiene una cadena económica que conecta restaurantes, pequeños comercios y trabajadores vinculados al mar. Los pescadores locales encuentran en hoteles, posadas y establecimientos gastronómicos a sus principales compradores, mientras que otros dependen directamente del movimiento turístico valiéndose de la venta de comida, productos derivados del coco y la venta de pescado y mariscos para poder subsistir.
Tulio, dueño de La Negra, un restaurante familiar especializado en productos del mar abastecido por pescadores de la zona, asegura que la caída del turismo ha golpeado tanto al negocio como a quienes trabajan en él. “No pudimos abrir el restaurante durante tres semanas después del terremoto. No hay turismo y la gente ya no está viniendo al pueblo”, dice Tulio sentado en una de las mesas del local. “Mis empleados siguen viniendo a trabajar porque quiero ayudarles económicamente, pero esta situación es realmente difícil”.

Tulio tiene su restaurante listo para cuando los turistas regresen
Detrás de la ausencia de clientes había una razón. Los daños estructurales en el puente que conduce a Playa Punta Brava, dentro del Parque Nacional Morrocoy, obligaron a cerrar durante semanas ese acceso terrestre. El 25 de julio se abrió el puente para los vehículos livianos, pero el flujo de visitantes seguía lejos de los niveles habituales. Los turistas todavía podían embarcarse desde el muelle de Tucacas para llegar a los cayos, pero las semanas de cierre interrumpieron la cadena económica que sostenía a Boca de Aroa y Tucacas.
Un día antes de que las autoridades permitieran nuevamente el paso de vehículos livianos, trabajadores de las playas locales protestaron en esa misma carretera para pedir el levantamiento de las medidas que impedían el tránsito hasta la costa.
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) advierte que las comunidades pesqueras de pequeña escala figuran entre las más vulnerables a las crisis y los desastres naturales en América Latina y el Caribe, debido a su dependencia de ingresos diarios y a su limitada capacidad para absorber interrupciones prolongadas de su actividad económica.
La Fundación Tierra Viva, una organización no gubernamental dedicada al desarrollo sostenible, la conservación ambiental y el fortalecimiento de comunidades locales, trabaja desde hace varios años con poblaciones costeras de Carabobo y Falcón a través de su proyecto Costa Viva. Esa presencia sostenida en el territorio ha permitido a la organización conocer de cerca las condiciones económicas y sociales que hacen a estas poblaciones especialmente vulnerables frente a desastres naturales. Apenas dos semanas antes de la emergencia, el 9 de junio, la fundación anunció una campaña de recaudación de fondos —que tuvo que ser suspendida tras los movimientos telúricos— para dotar a los habitantes de las principales comunidades costeras del país de herramientas de trabajo y medios de formación profesional que les permitieran fortalecer sus medios de vida. La iniciativa respondía a una situación de vulnerabilidad que estas poblaciones ya enfrentaban antes del terremoto.
Esa es también la conclusión de Alejandro Luy, gerente general de la organización. “Venezuela atraviesa una situación humanitaria compleja y el terremoto agravó esa crisis. Dejó a personas sin hogar y la contracción del turismo en la zona generó desempleo”, afirma. “Para el desarrollo de sus actividades nosotros implementamos programas de formación para ayudar al perfeccionamiento de los servicios que muchos de ellos ofrecen durante el año 2025. Si se reduce el turismo en estas zonas, sus medios de vida se ven afectados”.
Pero la vulnerabilidad de estas comunidades no se mide únicamente en cifras económicas. También está presente en las historias de quienes vieron cómo el terremoto interrumpió una forma de vida construida durante generaciones.
Jesús pertenece a una familia ligada al mar desde hace décadas. Durante más de 60 años, su familia ha vivido de la pesca en Boca de Aroa, una forma de vida que Jesús continuó y que durante años le permitió vender el pescado que sacaba del mar. Para su familia esta ha sido la situación más difícil ocasionada por un evento natural.
“En el 2022 el nivel del río Aroa aumentó y se desbordó, el agua inundó todo el sector Cayumar y la zona del muelle donde embarcamos para salir a pescar pero la inundación duró solo un par de días. En cambio, por los terremotos, tenemos varias semanas sin vender lo que sacamos del mar”.
El 24 de junio, Jesús había decidido regresar a su casa antes de lo habitual. A las 11 de la mañana dejó el mar y volvió a tierra. Horas después, su padre le recomendó no salir nuevamente a pescar tan solo un par de minutos antes de los sismos. “Salí a comprar una Coca Cola y de regreso a mi casa comenzó a temblar. Mi esposa estaba en casa junto a mis padres. Ellos lograron salir cuando la pared del estacionamiento se cayó”, recuerda.
El espacio que quedó destruido no era solamente parte de la vivienda familiar. También era un lugar de trabajo. Allí su padre preparaba las redes de pesca y su madre organizaba la comida que vendía a los habitantes de la comunidad y, durante los fines de semana, a los turistas que llegaban a la zona.

Los daños en la propiedad de la familia de Jesús
“Queremos reconstruir nuestro garaje porque mi papá lo usa para preparar las redes. Mi mamá vende comida a la gente de la comunidad, pero los fines de semana le vende a los turistas”, explica Jesús.
Ahora intenta convertir la pérdida en una oportunidad. Mientras espera que retiren los escombros del porche de la casa de su madre, comenzó a sembrar cocos con la idea de venderlos a los visitantes que regresen a Boca de Aroa y crear una pequeña zona comercial en el lugar, pero no será hasta dentro de cinco años cuando pueda ver los frutos de los apenas germinados cocoteros.
Su historia refleja una realidad que se repite en comunidades pesqueras de pequeña escala alrededor del mundo. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), este sector representa cerca del 40% de las capturas pesqueras mundiales y sostiene aproximadamente al 90% de los trabajadores vinculados a la pesca de captura. Sin embargo, quienes dependen de esta actividad suelen tener una capacidad limitada para absorber interrupciones prolongadas en sus ingresos, debido a su dependencia del trabajo diario y de mercados locales.
En Boca de Aroa, esa frase resume la incertidumbre de una comunidad que durante años vivió al ritmo de quienes llegaban buscando el mar. La ausencia de turistas no solo dejó mesas vacías en restaurantes y menos compradores para los pescadores; también interrumpió una economía construida alrededor de pequeños intercambios comerciales que realizaban con los visitantes y que sostenían a cientos de familias en el estado Falcón.
Los daños más significativos en el conglomerado de poblaciones costeras dentro del país ocurrieron en Tucacas y Boca de Aroa a diferencia de otras zonas turísticas. El estado de las vías que permiten acceder a estas localidades junto con el cierre preventivo del parque nacional más importante de la región fueron las principales causas de la desaceleración económica en estos pueblos. A pocas calles de donde Jesús sembró los primeros cocos, todavía quedan rastros de lo que ocurrió aquella mañana de junio. Algunas viviendas permanecen dañadas.

Las familias que perdieron sus casas continúan esperando una solución mientras viven en carpas cerca de sus terrenos.
La recuperación de estos pueblos pesqueros no dependerá únicamente de retirar los escombros o reparar las vías de acceso. También dependerá de que quienes viven allí puedan recuperar la conexión con una actividad que durante generaciones definió su relación con el mar: la posibilidad de trabajar, vender y sostenerse en una costa donde, después del terremoto, muchos todavía esperan que vuelva a llegar la gente.
Caracas Chronicles is 100% reader-supported.
We’ve been able to hang on for 22 years in one of the craziest media landscapes in the world. We’ve seen different media outlets in Venezuela (and abroad) closing shop, something we’re looking to avoid at all costs. Your collaboration goes a long way in helping us weather the storm.
Donate


