Guillermo Aveledo Coll: “Es muy probable que surja un sistema de partidos distinto en Venezuela”

El politólogo reflexiona sobre la negociación en ciernes, el futuro de los partidos políticos, y las lecciones que Rómulo Betancourt puede ofrecer a María Corina Machado

La trayectoria de la transición política que muchos venezolanos esperan desde el 3E parece ir aclarándose desde hace unas semanas. Como primer hito se espera la reforma del Tribunal Supremo de Justicia, aunque esté por verse cuántos de los nuevos magistrados serán independientes y cuántos ligados a facciones de la élite chavista. La expectativa es que, antes de fin de año, la agenda de la mesa de diálogo incluya una nueva directiva del CNE y el ansiado calendario electoral. En Panamá, María Corina Machado se había abierto a negociar estas cosas directamente con Delcy Rodríguez, pero Estados Unidos decidió gestionar el proceso de apertura institucional a través de un reducido grupo de opositores, diputados de Primero Justicia y Voluntad Popular en la Asamblea Nacional del 2015. La incomodidad de Machado y su entorno con esta decisión no es un secreto. La líder de la oposición ha dicho que no pretende entorpecer. Personas vinculadas a su equipo y partido han expresado dudas sobre su legitimidad de origen y primeros avances, mientras que otras viejas figuras de la oposición han aplaudido las recientes excarcelaciones de presos políticos y la ruta que traza Estados Unidos.

En Caracas Chronicles nos sentamos a conversar con Guillermo Aveledo Coll, politólogo, experto en la historia política de Venezuela, e investigador de las ideas que han definido a sus partidos y conflictos. Aveledo ve con buenos ojos la agenda de diálogo en desarrollo. Opina que en Venezuela debe haber elecciones generales lo antes posible, no sin antes atar cabos vinculados al reconocimiento amplio de cualquier proceso electoral y a la estabilidad de los próximos gobiernos. También habló de las dinámicas que podrían surgir entre los partidos en medio de una transición, tanto en el antichavismo como dentro del movimiento chavista. Al igual que Marco Rubio en enero, hizo referencia a la Transición española. Y reflexionó sobre nuestra última transición a la democracia (1958-1968) y de cómo Rómulo Betancourt y Acción Democrática cambiaron para avanzar en la adversidad.

Hace poco María Corina Machado usó un término típico en el marco de las transiciones. Dijo que la transición a la democracia no puede ser un pacto entre élites, a espaldas de la gente y de un mandato popular. La agenda que se está desarrollando entre una comisión del gobierno chavista y la Comisión Delegada de la vieja AN2015, ¿entra en la categoría de pacto de élites? Usted ha sido un vocal defensor del legado de Puntofijo. ¿En esta coyuntura particular y distinta a lo que fue 1958, es problemático un pacto de élites?

Lo que estamos viendo, que apunta embrionariamente hacia un acuerdo de élite, tendrá que ser pasado por el tamiz de la voluntad de la población, porque la fuente de legitimación última de este sistema de la República democrática pasa por ahí. El Pacto de Puntofijo fue un acuerdo concreto de reglas políticas entre los partidos. Pero si los partidos no hubieran tenido en sí mismos la legitimidad del asidero, posiblemente esas reglas los habrían sobrepasado. En esas elecciones un candidato independiente apoyado por uno de los partidos históricos, el contralmirante Larrazábal, sacó un porcentaje altísimo de la votación y quedó segundo. Así que ha podido ser muy bien algo que los sobrepasara, que se los comiera.

En Venezuela harán falta elecciones. También hacen falta las libertades y garantías para que esas elecciones se den. No porque sea imposible ganarlas sin esas garantías, sino porque no han sido reconocidas si las gana la oposición, mientras que dejan dudas razonables de legitimidad cuando las gana el gobierno. Y si tienes fuera a un actor fundamental en ese reconocimiento social, María Corina Machado, pues con más razón. Pero no es que con eso se resuelve el sistema; una vez que haya ese acuerdo de garantías, de libertades, de recomposición institucional que permita un nuevo proceso electoral, estaremos hablando de otra etapa, que debe ser el delicado proceso de redemocratización de Venezuela.

Aquí entraré al tema de EEUU y la diferencia entre lo que dice Marco Rubio, por ejemplo, y lo que dice Machado. Creo que el approach, al menos inicialmente, de EEUU fue buscar avanzar de forma más gradual. Machado rechaza la gradualidad y en ese sentido conecta con unas mayorías desesperadas por mejoras en su calidad de vida. Para usted, ¿la gradualidad es deseable, es algo que trae consigo riesgos?

No se trata en este momento de deseable o no deseable. Hay que verlo con cuidado. ¿Qué quiere decir gradualidad en este contexto? Si es la postergación indefinida de las elecciones, pues estoy de acuerdo con que no haya gradualidad. Tiene que haber elecciones más temprano que tarde. Ahora, ¿tienen que pasar otras cosas antes de las elecciones? Claro que sí. Hay decisiones que hacen falta. Para muchos venezolanos no es confiable la institucionalidad electoral que existe, ni es ventajosa ni confiable la idea de ir a unas elecciones, no tanto por el sistema electoral, las máquinas o lo que fuese, sino las reglas de adjudicación, que favorecen tan grandemente a la primera minoría o a la mayoría.

“Si mantienes el sistema de adjudicación presente, habrá un avasallamiento tan completo que un sector significativo pero minoritario va a verse mucho más empequeñecido que la realidad política dictaría”.

Son reglas de avasallamiento. Si tienes un 5-4, el resultado en la práctica se convierte en un 6-3; si tienes un 3-1, te conviertes en un 4 o 4,5 frente a 1. Y eso tiene un problema en la medida en que estamos en un proceso que no se abrió por una presión social que derrocó al sistema, sino que el sistema sigue allí, y hay que lidiar con su existencia. El sistema hoy está haciendo unas concesiones que, fuera de cualquier intento de propaganda, se tratan de respuesta a una presión externa. Decir que nada va a cambiar y que todo esto no tiene sentido, bueno, es otra cosa. Si, en cambio, la gradualidad es hacer las cosas que hacen falta para promover esas elecciones y que ese resultado sea reconocido y que se gobierne con seguridad, pues es lo lógico. Estos procesos suelen ser graduales, cuando ocurren.

¿Qué se debe hacer primero: elecciones presidenciales, legislativas, o ambas a la vez?

Mientras más amplia sea la posibilidad de la expresión popular, mejor. Es conveniente que un nuevo gobierno, de cualquier signo, tenga un apoyo parlamentario importante. A mi juicio, es conveniente que haya elecciones generales o al menos elecciones generales nacionales, la jurisdicción nacional, que incluye también al voto en el exterior. Esto generaría dos poderes: el Poder Legislativo y el Poder Ejecutivo. Si lo mantenemos en las proporciones que la sociedad parece asomar, seguramente sería un momento de mayoría aplastante de un sector sobre otro. Y eso no necesariamente es deseable políticamente. ¿A qué me refiero? Hace falta que exista, para la estabilidad del proceso presente y futuro, algún tipo de representatividad más cercana al pensar nacional. El PSUV hoy día representa a una minoría significativa, pero de menor cuantía que lo que fue en otros momentos históricos. Ahora veremos en qué se traduce eso en un ambiente de libertades, sin conculcación, sin presión de la burocracia y del Estado como empleador. Quizás el resultado pueda ser distinto ahora para el chavismo. Pero guiándonos por las encuestas que indican que la diferencia es de cuatro o de tres partes a una, si mantienes el sistema de adjudicación presente, habrá un avasallamiento tan completo que un sector significativo pero minoritario va a verse mucho más empequeñecido que la realidad política dictaría.

“Es probable que el chavismo como entidad cobre diversas formas y se fragmente. ¿Conviene que desaparezca? Creo que es peligroso hacerlo artificialmente”.

Eso no necesariamente es un buen comienzo. El celo y el sectarismo democrático en otras transiciones ha hecho mermar las capacidades de respuesta y de avance de una democracia, que es lo que en el fondo quieren todos los sectores democráticos. Yo prefiero una democracia sólida en la que haya una minoría importante representada, limitada del chavismo, a lo contrario. Por lo que representan ellos en la vida política de por sí. Además, recordar: no se les pudo extraer, o mejor dicho, no se les pudo remover del poder como estructura. Eso pesa. ¿Quiere decir que yo desearía que exista una fuerza de izquierda autoritaria como en efecto ha resultado ser el chavismo en su apogeo de su poder? No. Creo que debe haber una fuerza que represente aquella identidad política que el chavismo es, sí. Como identidad cultural, política, ideológica, que en un momento fue antes de difuminarse por su dinámica. ¿Quién tiene la bandera amplia del chavismo? No lo sé hoy. ¿Los que están en Miraflores? No sé si son figuras indiscutibles dentro de ese movimiento, si el descontento y la desazón en toda esta etapa genera una fragmentación. Como pasó con otros modelos de transición, en ocasiones el partido de gobierno, una vez que hace aperturas, se divide, es sobrepasado, y la oposición toma el poder. Es probable que el chavismo como entidad cobre diversas formas y se fragmente. ¿Conviene que desaparezca? Creo que es peligroso hacerlo artificialmente. De 1945 a 1948, el factor mayoritario pensaba que ningún otro partido era democrático. Y eso nos dio 10 años de dictadura durísima. Yo prefiero que el chavismo se divida en torno a la democracia: unos que apoyan la transición y unos que apoyan un retorno autoritario o violento al poder. Y que entonces podamos enfrentarlos en esa categoría.

Hace unos años se habló mucho del deterioro de los partidos de oposición, incluso de la idea de que los partidos están muertos. Hay una familia de partidos que de cierta forma es heredera del bipartidismo, conservando ciertos referentes y maquinaria. ¿Cuáles son para usted los desafíos de estos partidos para lo que viene, más allá de haber estado condicionados por la represión y el acoso del Estado? ¿Pueden fortalecerse estos partidos?

La dinámica será la que surja. Obviamente los partidos tienen algunos elementos de legitimidad histórica, de identidad, de arraigo, pero es muy probable que haya decantación por otras cosas. Para mí, por supuesto, el deseo es que se haga un bloque de partidos en torno al tema de la democracia. Pero claro, tenemos el tema del primus inter pares. María Corina Machado es la líder y la figura política más popular en muchos años en la historia de Venezuela, la más popular individualmente desde la muerte de Chávez. Tiene pues una gran ventaja, pero con su partido Vente Venezuela no necesariamente es así. Aquí no quiero disminuir el valor de Vente. Por eso creo que conviene más un bloque, convienen más los acuerdos, conviene más la idea de esa noción. Hay quienes plantean que eso se ha roto tras este comienzo de negociación, que se rompe el espíritu de Panamá. Yo más bien lo veo como un pivote hacia la dirección que Panamá orienta. No es la forma que el Acuerdo de Panamá indicó, pero es la expectativa que el Acuerdo de Panamá orienta. No son actores completamente extraños, no se le está imponiendo a la sociedad venezolana una cosa absolutamente anormal.

Ahora, ¿deben los partidos surgir? Eso pasará en su momento. A la derecha española le tomó un tiempo consolidarse después de la UCD de Adolfo Suárez, después de la disolución de los partidos franquistas. Esos quedaron en el olvido y se fueron luego uniendo hacia un partido que representara más o menos sociológicamente ese mundo, que es el Partido Popular. En el caso de la izquierda, pues decanta lo que era un montón de siglas cacofónicas en la Guerra Civil Española y luego en el exilio, decanta en el PSOE, que tenía la ventaja de ser un partido histórico. Este no adquiere una nueva personalidad, pero empieza a recoger gente de otros partidos, tanto liberales de izquierda como izquierda más heterodoxa, etc. Aquí podría muy bien decantarse en uno, dos, tres grandes partidos que hacen bloque. Porque ¿cuál es la diferencia concreta entre Voluntad Popular, Un Nuevo Tiempo y Acción Democrática en términos ideológicos? ¿O entre los otros partidos de la Unidad Democrática y Vente Venezuela? “Ah, es que Vente es liberal capitalista y los otros no”. ¿Ah, que los otros no son pro-mercado? Vamos a estar claros, lo han sido durante mucho tiempo. No es que sean neoliberales, sino que no son socialistas en un sentido de nacionalización de los medios de producción. Y esto hay que tenerlo en cuenta. Con respecto a la izquierda, fue Chávez como primera gran figura carismática vinculada a ese mundo quien se tragó a todos los partidos de izquierda. Esa es la gracia del PSUV.

La Mesa de la Unidad Democrática y la Plataforma Unitaria se han planteado como antítesis de eso: “¿Qué nos une a todos los demás que tenemos todas estas diferencias ideológicas? Bueno, el deseo de una democracia”. Lo que puede pasar es que un solo partido, nuevo o distinto, se trague al archipiélago de partidos que han surgido en ese sistema. Pero es muy probable, y lo digo así porque ha sido el caso en otros procesos, que surja un sistema de partidos distinto. ¿Qué es lo deseable? Que sean partidos democráticos. ¿Qué es lo deseable? Que los partidos extremistas, aquellos que no creen en las elecciones ni en la democracia, puedan funcionar legítimamente, eso sería un peligro para ellos. En su existencia histórica de 20 años, el PSUV ha sido contrario al pluralismo y a elecciones libres y competitivas, así ha actuado desde el poder. ¿Puede que lo haga distinto desde otra perspectiva? Podría ser, porque así fue en otras transiciones con otros partidos. Ahí está el PP.

Volviendo a María Corina, quien aún puede ser la figura más importante de la posdictadura, quería conversar sobre Rómulo Betancourt, el más importante de nuestra antigua transición. Ella ha dicho que fue el mejor presidente que Venezuela ha tenido. Betancourt fue habilidoso en la búsqueda de consensos que definieron el comienzo de ese período y fue firme, digamos, protegiendo a su proyecto de Estado de los extremos. ¿Es un referente útil ahora? ¿Qué lecciones le deja Betancourt a María Corina, o qué no son lecciones?

Una lección importante es que él habló con personas que lo tuvieron en el exilio y en la cárcel, y las admitió en el nuevo status quo. El único excluido directamente del sistema fue Pérez Jiménez. Claro, también habían sido victimizadas por la dictadura, y eso permitió nuevos entendimientos. Con otros, Betancourt tenía una muralla de fuego, a la vez que fue ganándose hábilmente al sector militar, al sector empresarial, haciendo puentes que no había logrado hacer en su primer gobierno, una lección de cómo el radicalismo puede fracasar. Y creo que ese es un ejemplo importante. AD tenía unas mayorías enormes, y pese a eso no pudo sostener su primer mandato. En el segundo, Betancourt no llegó al poder con una mayoría extraordinaria y, sin embargo, concitó más aliados. ¿Basta solo con los aliados de la Plataforma Unitaria para apuntalar una gestión así? Porque si mañana hay una Asamblea donde hay una mayoría aplastante de un partido maricorinista —que puede ser o no ser Vente—, y se avasalla a la minoría, o a ese sector, tú vas a tener menos aliados para gobernar en una circunstancia muy difícil. Puedes tener una minoría que no gobierne, sí, pero vas a tener más voces descontentas afuera. Y tú ahí deberías procurar conciliar más.

“Lo que sí me preocupa es que un gobierno de ella —y un gobierno de ella que deseamos millones de venezolanos, incluyéndome— pueda ser inestable porque quisimos hacer demasiado muy pronto”.

Claro, está la idea de que no es la conciliación con las élites sino con las masas. Fantástico, yo creo que esa es una aspiración genuina. Pero también hay que pensar que parte de estos sectores pertenecen también a esos partidos. ¿Cómo se sienten, vamos a decir, los miles de militantes de partidos que colaboraron en la ejecución, por decir, de las primarias del 2023 o de la recolección de actas del 2024? Puede haber un descontento allí en ciernes, ¿no? Y eso no nos conviene. Claro está que es difícil exigirle absoluta tranquilidad y moderación a María Corina, que salga de su trayectoria histórica. Y la desconfianza de María Corina no es completamente infundada: ha habido adversarios importantes que, aunque han reconocido en los últimos años y meses ese liderazgo, también han actuado en su contra. Quizás por eso nunca se ha formalizado lo que para mí habría sido deseable: una coordinación más institucional entre la Plataforma Unitaria y Vente, que permita una mayor cohesión. Y eso es por supuesto una carga a los partidos, ¿no? ¿Cuánto pueden exigir cuando su representatividad es pequeña?

¿Cómo puede la sociedad venezolana organizada, en su opinión, tener alguna influencia sobre esta coyuntura?

Pienso que procurando apoyar las posibilidades que se abren en este escenario, y esto lo refiero incluso con los sectores políticamente más comprometidos. El éxito del proceso que se está dando en Caracas depende en buena medida de la restauración, más pronto que tarde, de las libertades que permitan que la dinámica política decante en una cosa veraz y verificable. A la sociedad venezolana le conviene entonces jugar hacia allá. Debe también organizar su propia demanda, porque la democracia es tolerancia y pluralismo, pero también es contestación. Hay un liderazgo importante que representa eso, pero también está la necesidad de que la sociedad misma se reorganice, porque durante muchos años la organización ha estado limitada y atrofiada, con contadísimas excepciones, por la represión y por la limitación a la sociedad civil. Aquí quisiera retomar el tema de María Corina Machado.

Claro, adelante.

Hablé de Betancourt y lo que eso implica para ella y el liderazgo de reciedumbre y demás. Pero está la flexibilidad hacia las Fuerzas Armadas, la alerta hacia las necesidades de esa función. Ahora, María Corina Machado no debe tener miedo de ser ella misma, de mantener su propio canon y su propia visión. Hasta ahora le ha salido bien, con muchos problemas, riesgos  y sacrificio. Entonces me parecería un poquito pretencioso de mi parte decirle: “Mira, María Corina, haz esto de un modo u otro”. Lo que sí me preocupa es que un gobierno de ella —y un gobierno de ella que deseamos millones de venezolanos, ahí me incluyo— pueda ser inestable porque quisimos hacer demasiado muy pronto.

¿En qué ámbito cree que puede haber riesgos?

Bueno, para mí el riesgo importante es que haya suficientes adversarios con poder envalentonados por la inestabilidad, por la dificultad de hacer consensos en torno a las decisiones difíciles que va a haber que tomar en un nuevo gobierno, decisiones serias, rompedoras diríamos hoy, que requieran más apoyo. Y si se les desestima como innecesarios, eso puede ser un problema.

¿Privatizaciones, por ejemplo, es un tema que le preocupa? ¿O el tema de la justicia?

Me preocupa que no se puedan tomar las decisiones más graves. El tema de privatización de PDVSA básicamente está adelantado por la Ley de Hidrocarburos. Hacia allá apuntamos, a un esquema donde quizás PDVSA permanece muy disminuida. El tema del desarme o de la neutralización política de la justicia es un tema que está en el tapete, así que esto no lo van a tener que hacer. Pero temas de redistribución, temas de derechos laborales, temas de reestructuración del Estado, discusiones más profundas donde no necesariamente los instintos únicos sean los completamente adecuados para ser comprensibles, pues pueden generar retos. Para nada quiero minimizar el apoyo que tiene, pero el apoyo popular no ha sido óbice en muchas oportunidades históricas de transición para que los adversarios se envalentonen y suplanten la democracia. Y yo no quiero que regresemos a un sistema autoritario.