Un momento de reivindicación en Oslo

Los discursos en la ceremonia del Premio Nobel de la Paz sirven como una refutación definitiva para quienes alguna vez cayeron bajo los encantos de la utopía chavista

Quizás lo que mejor han logrado Hugo Chávez y sus sucesores durante los últimos 27 años es vender la idea del caudillo chévere. Una forma de banalización del mal en la que los arquitectos de algunos de los actos más atroces de la América Latina contemporánea no eran burócratas sin rostro, sino personalidades excepcionalmente carismáticas que, aun siendo implacables, fueron presentadas como simpáticas, accesibles y fáciles de tratar. Desde fastuosas recepciones diplomáticas con abundante ron y salsa en vivo, hasta visitas repletas de celebridades diseñadas para lavar la imagen del régimen, pasando por el absurdo de un Estado que organiza foros sobre toda causa de derechos humanos de corte antiimperialista mientras se niega a reconocer los derechos de sus propios ciudadanos, la puesta en escena siempre fue el objetivo. Siempre se trató del puro show.

Durante todo este tiempo, los venezolanos hemos debido navegar un mundo académico, cultural y empresarial que relataba nuestra historia mientras marginaba nuestra voz, delegando nuestro dolor en quien mejor se ajustara a las necesidades narrativas del medio de turno. Fuimos retratados como profetas del desastre incluso mientras presenciábamos, en tiempo real, el desmantelamiento estratégicamente gradual de nuestra democracia y la destrucción de nuestro Estado de derecho. Por eso, la concesión del Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado es, para tantos venezolanos, un momento de profunda reivindicación personal y un reconocimiento demorado  a quienes sacrificaron tanto para que nuestras voces fueran escuchadas y nuestras historias contadas.

En los días previos a la ceremonia, Venezuela se convirtió en objeto de una de las olas de cobertura más extrañas de los últimos tiempos. El New York Times acusó a Machado de difundir “noticias falsas” mientras describía a Delcy Rodríguez como el rostro “moderado” de un chavismo post-Maduro, un planteamiento tan alejado de la realidad venezolana que rozaba la parodia. Todo esto ocurrió en lo que solo puede describirse como el peor escenario informativo posible para la oposición democrática: el apoyo internacional a la causa venezolana no solo ha perdido buena parte del respaldo bipartidista que tanto costó construir, sino que además se ha convertido en un blanco conveniente para críticas dirigidas a la administración Trump.

Nada de esto, por supuesto, es culpa de Machado. Ella heredó un panorama comunicacional imposible y lo ha navegado con notable disciplina y contención.

La expresión más clara de este viraje fue el tratamiento que Jon Stewart dió recientemente a la crisis venezolana. Este es el mismo Stewart que alguna vez invitó a Francisco Márquez —junto con la futura ganadora del Nobel de la Paz, la filipina Maria Ressa— para hablar de Venezuela como ejemplo del avance del autoritarismo. Y sin embargo, ahora reduce la tragedia venezolana a un chiste, comparando la postura estadounidense en el Caribe con la guerra de Irak porque, según bromea, ambos dictadores usan bigote, blanden espadas y tienen control sobre vastas reservas petroleras. Dos décadas de colapso institucional, exilio, hambre, represión y lucha democrática reducidas a un chiste de televisión. Atrás quedaron las conversaciones matizadas y profundamente informadas sobre Venezuela; en su lugar han llegado los chistes fáciles.

La ceremonia de hoy es un recordatorio necesario para el mundo de que nuestra lucha no es marginal ni inútil.

Todo esto hace que la ceremonia del Nobel resulte tan refrescante y reconfortante. Por primera vez desde que comenzó esta tragedia, sentimos que los venezolanos recibimos una voz en un escenario de clase mundial, la oportunidad de contar nuestra historia fuera del ruido de la política electoral internacional y de las distorsiones de ciertos activismos. Fue, sencillamente, nuestro momento para hablar. Y quienes nos representaron no decepcionaron.

El discurso del presidente del Comité Noruego del Nobel, Jørgen Watne Frydnes, fue extraordinario porque logró captar con una precisión casi asombrosa la lucha de todos estos años. Era, en muchos sentidos, como escuchar a un venezolano. Reflejaba un nivel de comprensión y cuidado que demuestra la responsabilidad asumida por el Comité al reconocer la lucha venezolana y el papel de Machado en ella.

En una época en la que hemos oído un coro de voces llamando a la contención, al mantenimiento de un status quo que presume garantizar una estabilidad frágil mientras se balancea sobre una pila creciente de cadáveres, el Comité del Nobel eligió la audacia. Defendió el derecho del pueblo venezolano a pedir ayuda al mundo o, al menos, a exigir que se reconozcan los horrores vividos. Incluso se atrevió a advertir de los peligros de entrar en diálogo con dictadores sin un objetivo claro. Las cicatrices de “mediaciones” pasadas, al parecer, siguen abiertas. Apúntenselo a “Delcy la Moderada”, ¿verdad, Anatoly?

Pero, sobre todo, el Comité expresó una verdad incómoda que muchos en el exterior prefieren ignorar. Como dijo Frydnes:

“Personas de todo el espectro político, desde comunistas hasta conservadores, se han alzado para desafiar al régimen. La oposición ha probado una estrategia tras otra.”

Y luego, en una frase que debería resonar durante años, dirigió un contundente reproche a los Petro, a los Amorim y a tantos otros:

“El futuro de Venezuela puede tomar muchas formas. Pero el presente es una sola cosa, y es espantoso.”

La hija de Machado continuó con una intervención profundamente conmovedora que transmitió con fuerza el mensaje ya poderoso de su madre. Evocó la larga tradición venezolana de libertad y democracia, nuestra orgullosa historia de recibir migrantes y las contribuciones que hicieron a una república que alguna vez fue vibrante. Habló de las generaciones que dieron esa herencia por sentada y decidieron apostarlo todo al rojo, abriendo paso a la catástrofe actual. Y narró la historia de un movimiento que ha fusionado el dolor colectivo de los últimos 27 años con una esperanza renovada, una esperanza encarnada por Machado y Edmundo González, y en los millones de venezolanos que creen que todavía es posible poner fin a una de las dictaduras más oprobiosas que ha visto nuestra región. Concluyó con un mensaje de esperanza por el camino ya recorrido y por el que aún falta por andar.

El Nobel no derribará a Maduro, ni reparará de inmediato la devastación de este cuarto de siglo. Pero sí ayuda a perforar la ficción cuidadosamente construida por el régimen —y repetida con demasiada facilidad en el exterior— de que el destino de Venezuela está sellado. La ceremonia de hoy es un recordatorio necesario para el mundo de que nuestra lucha no es marginal ni inútil.

La reivindicación no es la victoria. Pero hay pocos sentimientos más intensos que el instante en el que uno percibe que el mundo, por fin, deja de lado sus narrativas convenientes y nos ve tal como somos: un pueblo que aún lucha por recuperar su futuro. Si el Premio Nobel logró algo hoy, fue decirles a los venezolanos que, al menos por ahora, el mundo no ha pasado la página de nuestra historia.

Pedro Garmendia

Pedro is a Penn State alumnus focusing in politics and philosophy. After a four year stint at the OAS, he now works in Washington D.C. analyzing political risk and geopolitics for private sector clients.