¿Habrá transición? La llegada del General López Contreras al poder nos deja algunas lecciones
Tras la muerte del dictador Gómez en 1935, su ministro de defensa dirigió una tímida apertura en la que la sociedad venezolana demandó cambios profundos, y más rápido


Hace unas semanas me preguntaba si Nicolás Maduro era un Juan Vicente Gómez 2.0, aquel otro dictador que sostuvo el poder en Venezuela por casi tres décadas a inicios del siglo XX. Ya sabemos que no fue así. Gómez, desde el primer momento, ejerció el terror dentro del país, pero tejió una alianza con las compañías petroleras estadounidenses que le permitió perpetuar el régimen hasta su muerte hace 90 años. Maduro practicó también ese terror, pero falló en cohesionar todos los apoyos internos y externos que necesitaba. Cuando quiso entregarse completamente a los Estados Unidos, el tablero ya había cambiado. Como se diría en el refranero popular, “tarde piaste, pajarito”.
En la conclusión de aquel otro artículo me preguntaba si Venezuela estaría a las puertas de un nuevo 1936, el año en que el país inauguró una etapa distinta tras la muerte del dictador. Fue entonces cuando las masas populares irrumpieron en el debate público, surgieron partidos políticos modernos, se organizaron sindicatos y comenzaron a discutirse soluciones ante los graves problemas nacionales. Hoy, tras las acciones militares estadounidenses y la captura de Maduro el pasado 3 de enero de 2026, la historia vuelve a escribirse minuto a minuto.
Ahora, al iniciar este año, la situación se nos presenta al menos en tres niveles.
Primero, están las celebraciones. Los venezolanos en el exterior lo celebran con euforia, mientras que dentro del país la reacción es más silenciosa y privada. Se ha ido el dictador, pero la dictadura aún persiste. Los torturadores siguen en el gobierno. Pero ver caer a un tirano que se burló del país con una brutalidad irónica es una justicia poética que muchos esperábamos, y queda la esperanza de que igualmente sea juzgado por sus crímenes de lesa humanidad, un prontuario que va desde ejecuciones extrajudiciales y el terrorismo de Estado hasta la destrucción material y anímica de todo un país.
Maduro, quizás, nunca imaginó este final, confiando en que el derecho internacional del siglo pasado protegería su tiranía. Pero son otros tiempos; cada potencia custodia lo que considera su patio particular y ha vuelto, sin eufemismos, la ley del más fuerte. Aquí entra el segundo nivel. Está bien cuestionar toda intervención extranjera y su legalidad, pero tras el megafraude del 28 de julio de 2024 la diplomacia regional resultó insuficiente y demasiados se hicieron de la vista gorda. Los intentos diplomáticos poco comprometidos de Brasil, Colombia o México resultaron inútiles para lograr la transición.
El regreso de exiliados, la demolición de la vieja cárcel de La Rotunda (símbolo de la opresión política como es El Helicoide hoy) y unas garantías aún frágiles de participación política generaron nuevas expectativas durante el régimen de López Contreras.
La región es también responsable de este desenlace. Tampoco podemos olvidar que fue en la era de Hugo Chávez cuando caímos en esta trampa geopolítica, perdiendo la independencia y soberanía que habíamos logrado durante los años democráticos. Las parcelas ideológicas, las vocaciones autoritarias y una rebeldía internacional contraria al interés nacional nos pusieron en una posición vulnerable en un juego mucho más grande que no es el nuestro.
Y el tercer nivel es la posibilidad, en medio de las contradicciones evidentes, de reconstruir la democracia venezolana. Hay muchos escenarios posibles, y sabemos que ahora estamos a merced de decisiones externas donde, para Estados Unidos, la prioridad no es tanto restablecer la democracia como asegurar sus intereses. Con un juego de sillas dentro del chavismo-madurismo, ahora Delcy Rodríguez se convierte en la nueva figura en la silla de Miraflores. Como presidenta intentará prolongar su mandato interino y aferrarse al poder, continuando ese lobby en el que ya llevaba un tiempo, de una aliada confiable para los Estados Unidos y que puede ser la procónsul que necesitan más allá de un interinato. El país se enfrenta igualmente a las estructuras feudales que deja el chavismo, donde facciones militares, regionales y de intereses económicos que siguen controlando todo pueden entrar en una pugna de golpes y contragolpes.
Sin embargo, también existe la posibilidad de que la sociedad democrática venezolana (que lleva en su ADN las luchas del pasado y del presente) comience a reconstituirse. Para ello, resulta indispensable exigir la liberación de todos los presos políticos, el retorno de los exiliados, el fin de la censura y un cambio institucional profundo y pacífico que permita el desmantelamiento del régimen desde dentro, por parte de sus propias figuras. Se trata de una dinámica ya observada en otros procesos de transición, capaz de sentar las bases de transformaciones sociales duraderas, con reconciliación, pero también con justicia.
En esta fase del proceso se reconoce el liderazgo principal de María Corina Machado y la legitimidad de Edmundo González Urrutia, pero es igualmente el momento de convocar al conjunto de la dirigencia democrática para construir los pactos que hagan posible la gobernabilidad futura. Los próximos meses constituyen una auténtica ruta crítica, un puente frágil en el que pueden materializarse tanto los mejores como los peores escenarios.
La historia no se repite, pero existen lógicas y antecedentes que nos ayudan a comprender mejor los procesos de cambio. En 1936, la transformación no se produjo por una intervención extranjera, sino por la muerte de Gómez. El entonces ministro de Guerra y Marina, Eleazar López Contreras, asumió la presidencia encargada. En las últimas semanas de diciembre de 1935 se registraron algunos saqueos y desórdenes, que fueron rápidamente controlados, y el nuevo mandatario logró retener el poder.
Un nuevo horizonte es posible y, aunque existen factores externos que no controlamos, los venezolanos podemos hacer nuestra parte: exigir cambios paso a paso y transitar con cautela este campo minado, donde todo, una vez más, podría salir muy mal.
El régimen parecía inamovible: los mismos ministros, los mismos diputados, el mismo sistema, sostenido por grupos de poder consolidados que exigían la mera continuidad. Sin embargo, en paralelo, se inició una apertura tímida. El regreso de exiliados, la demolición de la vieja cárcel de La Rotunda (símbolo de la opresión política como es El Helicoide hoy) y unas garantías aún frágiles de participación política generaron nuevas expectativas.
El 14 de febrero de 1936, tras los intentos de restablecer la censura y prolongar la suspensión de garantías constitucionales, el pueblo de Caracas salió a las calles y, en un gesto desafiante, exigió al gobierno avanzar más allá de las concesiones mínimas. Abrumado por la presión de estudiantes, sindicatos y la prensa, López Contreras presentó pocos días después el Plan de Febrero, abandonó las medias tintas e inició lo que sería la verdadera apertura política, a la venezolana.
La situación hoy es más compleja que en 1936. Los actores principales han mostrado menos escrúpulos y la sociedad venezolana sigue herida y maniatada ante la represión acumulada de todos estos años. Pero no se pueden abandonar las exigencias ni dejar el futuro en tutelas externas o en la continuidad de la opresión.
Un nuevo horizonte es posible y, aunque existen factores externos que no controlamos, los venezolanos podemos hacer nuestra parte: exigir cambios paso a paso y transitar con cautela este campo minado, donde todo, una vez más, podría salir muy mal. Ya se ha logrado antes y hoy, con mayor conciencia y determinación (porque algo hemos aprendido), es posible construir y consolidar una visión compartida de país.
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