Cómo la oposición venezolana puede ir más allá de exigir elecciones

La foto unitaria es necesaria, pero insuficiente. Hace falta una estrategia que reunifique y actualice al movimiento por la democracia

En Panamá se logró la consabida foto unitaria, que no siempre es fácil de conseguir. Allí se acordó luchar por elecciones libres y que la candidata en una eventual elección sea María Corina Machado, quien prometió regresar antes de finales de 2026. 

En términos relativos —comparando con hace cinco meses—, cuando este grupo de personas estaba disperso, a la expectativa, en el exilio o en la clandestinidad, esto es un hito que debería generar cierto optimismo.

Pero frente a la inmensidad del reto democratizador, la foto unitaria, el regreso de algunos dirigentes exiliados y la salida de la clandestinidad siguen siendo insuficientes. La dinámica política nos mantiene reaccionando ante el horror del régimen: casos como el de Víctor Quero y Carmen Teresa Navas son hoy los ejemplos más emblemáticos. Varios líderes han regresado al país o salido de la clandestinidad sin que necesariamente exista una agenda clara para lograr elecciones libres, reconocidas por todos los actores y políticamente vinculantes.

Antes de que logremos la transición democrática, es el movimiento pro-democracia de Venezuela el que debe asumir su propia transición a lo interno. El retorno y la foto pueden alterar los incentivos sólo si se convierten en una estrategia pública, coordinada y comprensible para la gente. Estos son los elementos principales que debería contener una estrategia coordinada y audaz.

Una clara división de roles y responsabilidades

Abrir el juego implica, primero, una clara división de roles y responsabilidades. María Corina Machado y Juan Pablo Guanipa pueden encarnar una suerte de “policía bueno/policía malo” del movimiento democrático. El “policía bueno” sería María Corina, quien debe mantener una línea de comunicación más conforme con la política de Trump hacia Venezuela. El “policía malo” es Juan Pablo Guanipa, quien enarbola un discurso cada vez más impaciente sobre el objetivo de la transición democrática.

Si la transición es realmente “a la venezolana”, hay que sacar el debate de los salones de Washington DC y de Caracas.

Pero esa diferenciación no puede limitarse solo a los liderazgos nacionales. También son cruciales los centros de estudiantes, los grupos de víctimas y defensores de derechos humanos, los sindicatos y las organizaciones sociales. Estos actores han sido protagonistas en el terreno no solo en el panorama posterior al 3 de enero, sino en el periodo anterior, donde los cuadros políticos fueron barridos por una represión descarnada de la cual los partidos siguen recuperándose. Desde entonces y desde el seno de la sociedad civil se han reafirmado liderazgos que, aun sin experiencia partidista, podrían cumplir roles importantes en el ciclo político que se asoma.

Lo clave es que la diferenciación de roles no sea improvisada ni competitiva, sino coordinada. Abrir el juego no implica diluir la conducción política. Significa ampliar el campo de acción del movimiento democrático.

Combinar la negociación con la protesta. 

No hay contradicción entre ambas cosas. La negociación sin presión social se convierte en la administración del estancamiento. La protesta, sin una ruta política, se agota. Lo necesario es darle contenido a la calle: no se trata de movilizar contra el horror nada más, sino también a favor de una agenda concreta de transición. 

El rol de los movimientos es protestar, proponer y exponer qué transición quieren. Así como los estudiantes en 2007 asumieron la campaña por el referéndum constitucional y la ganaron, estos movimientos de base también deberían asumir un rol de propuesta en el tipo de transición con el que se sienten identificados. Esto requiere organizar una “mesa social” en la que se coordinen las distintas causas. Son ríos autónomos que podrán confluir en un mismo lago: elecciones libres y un gran acuerdo nacional sobre la ruta de las políticas públicas pos-electorales. Cada uno tiene su identidad y dinámica, pero debe procurarse cierta coordinación y comunicación entre ellos y con la agenda política nacional.

La protesta también representa un dilema constante para los hermanos Rodríguez, un litmus test de su aparente liberalización. La protesta debe ser pacífica y disciplinada para exacerbar el dilema de esa élite. 

Abrir la conversación sobre la transición

Es responsabilidad del movimiento promover una discusión abierta sobre la transición para entender qué significa, cómo se construye y cuáles son sus dilemas. Los dilemas no se resuelven. Simplemente se sopesan en términos de riesgos, beneficios, oportunidades y amenazas. Si la transición es realmente “a la venezolana”, hay que sacar el debate de los salones de Washington DC y de Caracas. No todo se decidió en Panamá.

Ya no se tratará de candidatos, sino de reunir a distintos grupos y personas para debatir las diversas y legítimas visiones sobre la transición. 

Esa conversación debería tener, al menos, tres dimensiones.

La dimensión político-institucional: ¿Qué garantías mínimas hacen posible una transición? ¿Qué condiciones convierten una elección en vinculante? ¿Debemos hacer una constituyente? ¿Debemos comenzar por una elección presidencial, o por una parlamentaria? ¿Cuáles son los pros y cons de cada opción?

La social-humanitaria: ¿Cómo se conectan las reformas institucionales con las necesidades diarias de la gente: salarios, servicios, seguridad, retorno, justicia, familia?

La electoral: ¿Cuál debe ser la secuenciación de las elecciones? (Hasta donde sabemos, no hubo acuerdo sobre esto en Panamá). ¿Debemos tener un sistema de votación manual? ¿Cómo asegurar un CNE confiable, y quiénes deben conformarlo? ¿Qué expectativas hay y qué pasos requiere para lograr la inclusión política de la diáspora y de millones de ciudadanos dentro de Venezuela, que no pueden votar?

Antes de las primarias de 2023, hubo una experiencia fundamental para darles impulso: el debate “Hablan los Candidatos”, organizado por estudiantes y activistas en julio de 2023 en el Aula Magna de la Universidad Católica Andrés Bello. Imaginemos ahora un evento o una serie de eventos mucho mayor. Pero ya no se tratará de candidatos, sino de reunir a distintos grupos y personas para debatir las diversas y legítimas visiones sobre la transición. 

Usar la tecnología con audacia  

La tecnología puede ser una herramienta central para esta deliberación. No para sustituir la organización territorial, sino para ampliarla. Consultas digitales, asambleas híbridas, espacios de conversación con la diáspora, mecanismos de coordinación entre gremios, estudiantes, partidos, sindicatos, víctimas y organizaciones sociales. Todo eso puede ayudar a reconstruir una infraestructura democrática de participación.

No basta con producir un hito. Hay que construir una secuencia.

Para las primarias y para el 28 de julio hicimos un uso ejemplar e innovador de la tecnología. Mediante diferentes aplicaciones, la gente encontró sus centros de votación, presentó denuncias, participó en la defensa y en la publicación de los resultados. Tenemos que usar la tecnología con la misma audacia, pero ahora no solo para votar o defender votos, sino también para deliberar, coordinar y difundir la agenda de la transición democrática.

Planificar la secuencia

La experiencia de enero de 2019 recuerda algo importante: los hitos políticos no se improvisan. Aquella jugada — estemos de acuerdo o no con sus tácticas y consecuencias—  se planificó con meses de anticipación, entre partidos, la sociedad civil y la dirigencia política de la Asamblea Nacional de 2015. Hoy hace falta una preparación semejante, pero con una lección adicional que puede ser crucial: no basta con producir un hito. Hay que construir una secuencia.

Una foto unitaria puede ser el comienzo de una etapa. Un retorno puede ayudar a modificar las expectativas de la gente o de los potenciales electores. Una protesta con represión puede poner a prueba los límites de la liberalización, cosa que ya hemos visto este año con los estudiantes, trabajadores públicos y pensionados. Un debate público puede ordenar las distintas visiones sobre la transición, dándole oxígeno y sustancia a una esfera pública que debe buscar más espacios para la deliberación. Pero nada de eso, por separado, constituye una estrategia.

El movimiento democrático ya ha encontrado soluciones innovadoras, inteligentes y populares a dilemas políticos. Hemos sacado conejos del sombrero que fueron jugadas brillantes en el juego más perverso, como la hazaña del 28 de julio. Aunque sean conejos, estos no aparecen por arte de magia. Las jugadas no fueron fortuitas ni casuales. Vinieron de la capacidad del movimiento democrático para reinterpretar el contexto, revisar errores, y adaptar su repertorio de acción para abrir una nueva oportunidad. La próxima jugada debe surgir de los aprendizajes y logros que ya forman parte del acervo democrático del movimiento. 

Hagamos lo que ya hemos hecho, lo que sabemos hacer: abrir el juego, sacar a la gente de las gradas, convertir la indignación en agenda, transformar el retorno de muchos en conducción política.

Isabella Picón Ball

Isabella is a PhD student in Political Science at George Washington University. She has more than 15 years of experience in electoral campaigns, civil resistance, grassroots organizing, research, and political risk analysis, specializing in resistance to authoritarianism in Venezuela.