Chronicles from the End of Civilization

All that’s left at this point – and it isn’t much, but it’s also not nothing –  is to chronicle the rot.

And I suppose it’s important to find comfort in the fact that some continue to do so competently:

Camino al liceo en La Bombilla, Petare, donde estudia Jenniffer de 17 años, todo transcurre normal. Unos muchachos tratan de subir un vehículo de baja cilindrada por unas escaleras que bordean la calle principal. Cuando estiran los brazos para enderezar el manubrio y ascender cada escalón, se asoma la punta del cañón de sus pistolas fuera del canto de la suave tela de la franela. Son cuatro forcejeando apurados para que no haya más testigos de dónde van a guardar la motocicleta, quién sabe de quién. La gente precipita el paso y ruega a Dios a que pase el jeep de la ruta troncal para no ver, no ser, no estar. Parecen temblar las piernas y acabarse la saliva, el miedo talla. Nada es anormal.

Con intensos ojos color guarapo de papelón, y bachaca por su crespo cabello amarillo lumbre, sale de clases y espera “La Flaca” en una esquinita. Chasqueando la goma del chicle, suelta que los jóvenes mala conducta de por su casa, “son chéverej”. La protegen. “Tengo amigos que son malandros.

Son novios de mis primas y ellas se la pasan con ellos.

Cuando va a haber algo nos avisan: ‘recójanse que vienen los del otro barrio y se van a entrar a tiros’, o también nos advierten: ‘no salgan de la escuela ahorita’. Así fue la semana pasada porque mataron a un chamo para robarle la moto.

Ellos cuidan a mis amigas y a mí”, se glorifica la joven.

Marianella Durán’s entire piece is really worth a read. It’s the Rositocracy seen from the other end of the telescope: the micro-social foundations of a way of life where might always equals right.

Again, the total lack of a sense of urgency about the reality depicted in the piece is the story here. We see a kind of wholesale collapse in the moral architecture of society that just goes on, day-in-and-day-out, provoking neither surprise nor outrage nor, much less, any kind of reforming zeal.

In this context, Chávez wins elections not by pitching himself as a source of moral order but by projecting himself  – explicitly – as the most malandro of the malandros: a kind of Gang Leader in Chief the entire country can look to for a heads up when los del otro barrio vienen y se van a caer a tiros. 

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