Esa ventana desaprovechada al pasado venezolano que es el cine histórico

Algunas de las mejores películas hechas en Venezuela, como “Sucre” de Alidha Ávila, reconstruyen y cuestionan la religión patriótica o los mitos identitarios. Pero el género no ha recibido la atención que merece

Fotografía de Rosa Virginia Urdaneta. SUCRE”.

Hace 30 años se estrenó a la vez, en RCTV y Venezolana de Televisión, una película histórica venezolana que fue en gran parte financiada por el Estado pero que no era propaganda. Fue el día en que se conmemoraban los 200 años del nacimiento del Mariscal de Ayacucho y el film, Sucre, contaba su vida como no se había hecho antes: como la de una persona, no un personaje; sensible, empática, más preocupada por el deber que por la apariencia o el placer, y con la cabeza en la tierra. Mucho más que la mano derecha del Libertador. Un workaholic que no cuidaba su apariencia y era perseguido, pese a todos sus esfuerzos, por la mala suerte. 

Dirigida por Alidha Ávila, Sucre es una joya discreta y en mi opinión subestimada del cine venezolano. No está secuestrada por Bolívar, quien aquí es un líder, no el único, y se visibilizan los cuestionamientos a su tendencia a considerarse imprescindible, superior a todos los demás. Lo representa Guillermo Díaz, quien no es un galán y se parece mucho más al Bolívar que retrataron los pintores que lo conocieron. Lo mismo pasa con muchos otros personajes como Mariño, Soublette, Bermúdez y hasta soldados o civiles: son gente con familia, con necesidades, que se pregunta si las pérdidas valieron la pena, que sufren duelos, exilios, frustraciones. 

“Desde niño he tratado de alcanzar algo que siempre se me va de las manos, y ahora siento que lo he dado todo, y lo único que quiero es un poco de paz”, dice Antonio José de Sucre, encarnado de manera inolvidable por Luigi Sciamanna como un héroe melancólico como se ve en la foto de Rosa Virginia Urdaneta que ilustra esta nota que se va cargando del peso de cada desgracia, que logra muchas cosas pero nunca puede disfrutar nada. 

Cuando el Estado financiaba cultura, no propaganda

A Sciamanna le saltó este proyecto al camino como el destino heroico y trágico lo hizo con Sucre. En septiembre de 1994 se encontró a Mimí Lazo en el Teatro Nacional, quien le dijo “tengo dos días pensando en ti, vente conmigo”. La actriz lo envió de inmediato a ver a Mireya Guanipa, la directora de casting de una película de la que él no sabía nada. Sciammana accedió a grabar una presentación de sí mismo y a que le hicieran fotos, aunque no estaba en absoluto preparado. De hecho venía del gimnasio. “Mireya sacó una carpeta de una de las gavetas del escritorio y mientras me mostraba tres fotocopias con ilustraciones de retratos del Mariscal Sucre dijo: ‘acabas de hacer el casting para el papel protagonista en una película sobre Antonio José de Sucre”. Al día siguiente se reunió con el resto del equipo y la directora, Alidha Ávila. Al final, cuando Sciamanna preguntó, ya con el guion en la mano, con cuál escena debía audicionar, Ávila le informó que el papel ya era suyo.

Así empezó a hacer su primera película quien hoy es uno de los mayores actores del teatro y el cine en Venezuela, el hombre que entre otros papeles encarnó nada menos que a Armando Reverón en la biopic de Diego Rísquez.  “Faltaba un mes para comenzar a filmar y la producción se había quedado sin protagonista, que se había ido a  protagonizar una telenovela. ¿Qué sabía yo de Sucre? Nada. Que era el prócer asesinado en Berruecos, gran amigo de Bolívar y nacido en Cumaná. Desde niño me fascinó el cuadro de Michelena. Me esperaba una de las aventuras más intensas de la vida”.

Sciamanna se metió de cabeza a memorizar el guion y a construir su personaje, pensando en el poeta Giacomo Leopardi, en Jesucristo y en T. E. Lawrence, es decir Lawrence de Arabia. Releyó a Leopardi y Lawrence, más los biógrafos del mariscal Sucre, Alfonso Rumazo González y Ángel Grisanti, todo Shakespeare, Unamuno, Coleridge y las cartas de Sucre compiladas por la Biblioteca Ayacucho. Cargó con esos libros mientras filmaban en Coro, Puerto Cabello, Maracay, la Colonia Tovar, Caracas y Quito, donde visitó la tumba del héroe. “Filmar Sucre fue un desplazamiento psíquico, emocional y espiritual en el Espacio Tiempo. Tendrían que pasar muchos muchos años para vivir algo semejante”. 

Un libro reciente del crítico Alejandro Izquierdo, Transformaciones del cine venezolano 1973-2015, desnuda la paradoja de un público que siempre se quejaba de que el cine venezolano era “puro policía, puta y malandro” pero que claramente prefirió los policiales de Clemente de la Cerda o César Bolívar y los dramas sociales de Román Chalbaud a los demás géneros

“El equipo estaba integrado por los mejores en cada una de las áreas y dieron lo mejor de sí”, recuerda la directora, Alida Ávila. “Toda la producción duró cinco meses, permitiéndome rodar la película que había soñado. Fueron quizás de los meses más felices de mi vida creativa”. Ávila llevaba años interesada en el mariscal, siempre borroso tras el resplandor de Bolívar cuando había sido quien ejecutó muchos de los proyectos políticos y militares que el Libertador concibió. Cuando se aproximaba el bicentenario de su nacimiento, Ávila y la productora ejecutiva María Helena Herrera crearon la Fundación Prosucre para reunir apoyos y crearon el proyecto del film, que el Consejo Nacional de la Cultura aprobó y financió. 

Desde el principio sabían que no podían aspirar a una superproducción. “En la película sólo aparece el principio o el final de cada batalla, dependiendo de cómo cada una influyó en la vida de Sucre. Nos centramos en sus conflictos humanos, éticos y políticos, lo que influyó en ese tono íntimo muy raro de encontrar en películas de género histórico”. A Ávila también la sedujo el sentido trágico del personaje. “Después de leer sus biografías y sus cartas comprendí que su naturaleza lo hacía más apto para la vida civil, privada, íntima, a la luz de una vela, pero su profundo sentido de lealtad hacia Bolívar y su asombrosa capacidad militar lo llevaron a vivir permanentemente bajo los reflectores de la Historia”. 

El principal accionista, el Estado, los dejó trabajar en paz. El CONAC aprobó el guion sin observaciones y no hubo ninguna presión en el rodaje sobre cómo debían contar esa historia. “Sólo hubo una escena que a Caldera (el Presidente en aquel momento) no le gustó y me pidieron eliminar porque disminuía la figura histórica de Bolívar, a quien, por cierto, también tratamos de bajar de la estatua en la que lo ha colocado el bolivarianismo, digamos, oficial. La escena mostraba la reacción de Bolívar cuando se enteró del triunfo de Ayacucho y se montó en una mesa a dar brincos como loco. Aunque es histórica, ni el actor ni yo supimos encontrar la manera de que resultara verosímil, así que comprendí que lo mejor era quitarla”.

Muchas estatuas, pocas películas

Pocos medios como el cine pueden ser tan provechosos para permitirnos asomarnos al pasado, entenderlo, discutirlo. Pero la Historia no ha sido para nada el tema favorito de la cinematografía nacional. Un libro reciente del crítico Alejandro Izquierdo, Transformaciones del cine venezolano 1973-2015, desnuda la paradoja de un público que siempre se quejaba de que el cine venezolano era “puro policía, puta y malandro” pero que claramente prefirió los policiales de Clemente de la Cerda o César Bolívar y los dramas sociales de Román Chalbaud a los demás géneros. Antes de la comedia beisbolera Papita, maní y tostón, hoy la película venezolana más taquillera de todos los tiempos, fueron dramas sobre la violencia como Secuestro exprés, Homicidio culposo y Manu, la mujer del policía los que dominaron las cifras del cine nacional por décadas. Una sola película histórica se coló en la lista de los taquilleros: El Libertador, de Alberto Arvelo, que Izquierdo dice es la película más cara del cine latinoamericano, con 50 millones de dólares y un cartel dominado por Édgar Ramírez. Un film que tuvo todo el apoyo del régimen chavista y que respalda las tesis de su mito bolivariano.

“Sin contar el cine oficial de la década de 2010, no hay un aumento de respaldo del público a este género cinematográfico”, advierte Izquierdo. “Lo que hay es el uso del chavismo para reescribir la historia. También hay que tener en cuenta que la producción de películas de época es más costosa”. Este género tampoco es el más popular en el mundo, aunque ha ganado importancia en las series, como lo prueban muchas cosas en Netflix, entre ellas una sobre Bolívar. Lo curioso es que sí hubo mucho interés por el pasado en las librerías, o lo había hace unos quince años. Varias de las novelas venezolanas más exitosas del siglo XXI, como El pasajero de Truman de Francisco Suniaga y Falke de Federico Vegas, son históricas.

Sin embargo, dos grandes directores, ambos fallecidos, insistieron con el género: Diego Rísquez y Luis Alberto Lamata. El primero era un esteta que se acercó al género desde lo experimental, con obras más cercanas al videoarte como Bolívar, Sinfonía Tropikal y Amérika Terra Inkognita, hasta que más tarde probó con un enfoque mucho más comercial en Manuela Sáenz y Francisco de Miranda. El segundo era historiador además de cineasta y, como era cercano al chavismo, consiguió producir sus últimas obras bajo el paraguas del aparato de propaganda. Su Bolívar, el hombre de las dificultades (en la que el prócer no es Edgar Ramírez sino Roque Valero) es la segunda película sobre el mismo personaje que financió el Estado chavista. Pero antes de eso, y de la Taita Boves y la Miranda que hizo con la Villa del Cine, Lamata dirigió la extraordinaria Jericó, de 1990, una sofisticada película sobre la Conquista, mucho más realista que La conquista del paraíso de Ridley Scott o Apocalypto de Mel Gibson, y claramente superior a Aguirre, la cólera de Dios del prestigioso Werner Herzog. Y poco después se apalancó en un cuento de Robert Louis Stevenson para aproximarse a la Guerra Federal con una historia de amor en medio del espanto: Desnudo con naranjas.

“La película (Sucre) en cambio dirige la mirada hacia las diferencias y tensiones internas. Por supuesto que falta mucha información, y los historiadores no se cansarán de señalarlas, pero la película se sostiene porque no concluye. No responde. Plantea. Expone”.

Tanto Lamata como Rísquez tomaron en cuenta lo mismo que consideró Alidha Ávila: tanto quienes salen en los libros de Historia como quienes no, como los humildes protagonistas de Jericó y Desnudo con naranjas, eran personas. Eso era justo lo que atraía a Leonardo Padrón, quien escribió los guiones de Manuela Sáenz y de Francisco de Miranda de Rísquez. “Con Rísquez, que siempre había querido probarse con cine con trama y actores, hubo una confluencia de intereses, porque yo había tratado de hacer esa historia de Manuela en RCTV y tenía un primer guion. Justo quería alejarme del libro de Denzil Romero la novela erótica La esposa del doctor Thorne pero también del mármol, como también hice con Miranda, y leí muchos libros”. Así encontró una historia poco conocida, que Manuela conoció al final de su vida al autor de Moby Dick, Herman Melville, lo que le dio el ángulo para su tratamiento de la historia. “No quería idealizarla sino hacerme preguntas sobre sus propósitos, sus duelos, lo que era para ella tener una relación así estando casada, y con ese personaje, en esas circunstancias que magnificaban los celos, la distancia”.

En esa película, la estupenda Manuela de la actriz cubano-venezolano Beatriz Valdés es el centro de la historia, no Bolívar, representado por Mariano Álvarez. Pero Padrón naturalmente quería ocuparse del Libertador, y trató de que Venevisión hiciera con él la primera telenovela sobre Bolívar, proyecto muerto al nacer por el paro petrolero de 2002 pese a la enorme investigación que el escritor ya había emprendido.  

Los espejos que faltan

“Cuando Alidha Ávila entendió que no podía hacer la película épica sino la íntima”, dice Sciamanna, “encontró una visión dramática interesante porque a nosotros la historia de nuestra independencia se nos enseña como una ristra de batallas victoriosas, fechas inolvidables y una traición final. La película en cambio dirige la mirada hacia las diferencias y tensiones internas. Por supuesto que falta mucha información, y los historiadores no se cansarán de señalarlas, pero la película se sostiene porque no concluye. No responde. Plantea. Expone. Hace, por decirlo así, de sus lagunas informativas, una virtud”. 

Para él, Sucre significó un antes y un después, no sólo en su carrera. “Como venezolano me dejó, en principio, un amor inmenso por el ser de Antonio José de Sucre. Después, y no menos importante, me colocó en el umbral de un largo y maravilloso trayecto emocional e intelectual: investigar y continuar estudiando cómo entender nuestro proceso de independencia. Me atrevería a decir que es uno de los más bellos aportes de la película. Esto lo plantea ya la estructura narrativa y dramática de Ana Teresa Torres y creo que el final que filmamos lo acentúa”. Con ese final es muy fácil conectar hoy: la última palabra del Mariscal es su ciudad de origen: “Cumaná”.

Alidha Ávila está muy satisfecha de la recepción  que tuvo Sucre. “En La Habana ganó el Premio Especial del Jurado, la primera película venezolana galardonada en ese festival (después de País Portátil), uno de los siete más importantes del mundo. En Venezuela obtuvo todos los premios que una película puede ganar, en total catorce. VTV la sigue pasando cada año, por algo será, me imagino. Así mismo, es impresionante la enorme cantidad de visualizaciones que ha tenido en YouTube, incluso al día de hoy, 30 años después de su estreno”. También piensa que estamos en deuda sobre el rol que ha tenido el género histórico en nuestro cine, pero no se da por vencida: está planeando escribir un guion junto con Rafael Arráiz Lucca a partir de su biografía José Antonio Páez: del mito al hecho. Otra tarea para la transición. 

“Necesitamos espejos de nuestro pasado para vernos mejor”, dice Padrón, “y tenemos muchos cuentos que echar de nuestra propia historia”.