Volver a “Los amos del valle” en 2026

La extensa novela de Francisco Herrera Luque sobre los mantuanos no solo fue un best seller: ayudó a crear una visión del pasado que persiste en nuestra época

Una de las novelas históricas más vendidas de la literatura venezolana comienza con un mantuano que no puede parar de hablar mientras recorre la Caracas del siglo XVIII en una silla de manos, trastabillando en los brazos de un grupo de esclavos que tampoco son dados al silencio. Es una buena escena, cómica, como de televisión bien hecha de los 80. Indica de entrada que Los amos del valle (publicada en dos tomos en 1979, con varias reediciones) es una novela sobre la casta de Simón Bolívar, los descendientes criollos de los conquistadores. La historia de estos personajes unos reales, otros ficticios, pero con apellidos que aún andan por ahí, incluso en las noticias de la Venezuela del presente se extiende desde el siglo XVIII hasta la fundación de la ciudad, con las guerras contra los indígenas y luego los piratas, y rozará los años de la independencia. Mediante los sueños, los espantos o la voluntad del novelista, se nos despacha a distintos años a lo largo de tres siglos de tensiones, matanzas, triquiñuelas y orgías. 

Los amos del valle me pareció divertida hasta que se me hizo confusa. No entendí el criterio según el cual se disparan los saltos temporales. La segunda mitad del tomo 1 se siente como si el autor hubiera perdido el control de su historia, o como si ni él ni sus editores se hubieran preocupado por mantener el nivel con el que comenzó la novela. Sentí que es mucho más larga de lo que debería ser, a la vez que muchos momentos merecían más detalle, de que hay grandes secciones que se redactaron con apuro, que los personajes no terminan de cuajar y de que al final lo que me dejaba la lectura era un montón de anécdotas que se confunden entre sí.

La experiencia de leer esta novela fue como haber ido a visitar a alguien y conocer a un tío o un abuelo que sabe muchísimo de historia, con quien uno termina pasando muchas horas oyéndole hablar sin parar mientras él comparte su botella de Royal Salute que estaba guardando para el momento en que tuviera alguien que lo escuchara con atención y lo elogiara por la cantidad de datos que guarda en su cabeza.

Más que novela histórica, esto es lo que Herrera Luque llamaba “historia fabulada”, historia en forma de narrativa.

Porque sí, es obvio, Herrera Luque investigaba. En ese sentido, tanto en 1979 como hoy ofrecía una buena manera de acercarse, por intermedio de este libro, a los cronistas de la Colonia que vemos tan poco detrás del deslumbrante ciclo mítico de la guerra de independencia. Hay muchísima información fascinante acá que viene de José Oviedo y Baños y de muchas otras fuentes sobre ese largo periodo sin el cual no se entiende la independencia ni la fundación de Venezuela como nación aparte. La novela ayuda a entender cómo los mantuanos construyeron y acumularon poder, cómo su conciencia de clase los ayudaba a sobrevivir a las mayorías sometidas tanto como los arcabuces y la religión, y cómo se fue creando esa sociedad de castas, ese coctel racial.

Esta es una discusión técnica que siento que nos interesa más a los historiadores y a los escritores: más que novela histórica, esto es lo que Herrera Luque llamaba “historia fabulada”, historia en forma de narrativa. Lo contrario de lo que gente como Milan Kundera decía que una novela debe ser, algo que brinde un servicio que sólo ese género puede dar, que mire y diga lo que otros géneros no pueden ver ni decir. 

Pero ni lo que dice Kundera ni lo que para mí fue leer hoy Los amos del valle cuentan para lo que hace este libro tan relevante: consolidó, después de Boves el urogallo, la voz de Francisco Herrera Luque como el más exitoso intérprete del pasado durante la Venezuela de finales del siglo XX. Un autor que usó la novela para ir más lejos que los libros de anécdotas de Oscar Yanes y para tener más pegada entre la gente común que Arturo Uslar Pietri con sus libros o su programa Valores humanos.  

La guía de una sensibilidad colectiva

La importancia de Francisco Herrera Luque en la manera en que muchos venezolanos conciben la historia del país no se puede desestimar. Tuvo muchísimo éxito comercial, por el orden de los cientos de miles de ejemplares, y no creo que haya sido solamente por el modo en que aderezaba sus historias con sexo, violencia y chisme. 

Herrera Luque permanece en la memoria de sus lectores, gente de mi generación, los que nacimos en los 70, y las dos anteriores. Sin duda, conectaba con la gente, y sus libros tenían una repercusión que hoy sería impensable, en aquel país que compraba muchos más libros y en una época en que la novela tenía un rol en la cultura y en el mercado mucho más influyente y visible. Distintas películas y series se inspiraron en sus obras, pero su huella se siente sobre todo en cómo gente de distintas edades y afiliaciones políticas repite como hechos o dogmas lo que leyó en las ficciones históricas como La casa del pez que escupe el agua. Él gozó de un éxito que muchos autores más nunca tuvieron, y al que no podían aspirar quienes lo criticaban. Porque sus libros unos más que otros, por supuesto tienen muchas fallas técnicas, y más que novelas redondas son como maquetas llenas de personajes. 

La gente quería entender mejor su país, ver el pasado más allá de las estatuas con sables y caballos, ver a los personajes históricos comportarse como seres humanos, y él ofreció respuestas a las preguntas.

Visto desde 2026, Francisco Herrera Luque luce como un escritor que creía más en cantidad que en calidad, como tantos más que venden libros por miles y hasta por millones en Estados Unidos o España, y que vendió escenas del pasado, que aunque fueran superficiales o sensacionalistas, se alojaron en la imaginación de la gente porque tenían vida y color, porque conectaban con los venezolanos reales mucho más que los semidioses del panteón o incluso que los arquetipos idealizados como el Santos Luzardo de Gallegos. Porque pocos intelectuales tenían tanto alcance como él, incluso en la época en que Arturo Uslar Pietri, Guillermo Morón o Adriano González León tenían presencia en los medios audiovisuales.

No eran los tiempos en que una Inés Quintero, historiadora, vendía tantos libros como lo hizo con La criolla principal. A finales del siglo XX, la gente con curiosidad descubría la Venezuela colonial y revolucionaria con Herrera Luque. El cine histórico era escaso, la televisión apenas atendía ese género. El campo estaba abierto para un escritor como él, con mucho instinto para meterle picante a la cosa.

Una teoría sensacionalista de la venezolanidad

Herrera Luque, nacido en 1919 y muerto en 1991, era un destacado médico psiquiatra. De hecho fue su tesis sobre una interpretación antropológica de Venezuela la que originó sus ensayos Los viajeros de Indias, Las personalidades psicopáticas y La huella perenne. Con sus volúmenes de crónicas que llamó La historia fabulada, y sus novelas como Los reyes de la baraja, en la que argumentaba que el país está marcado por la obra de los caudillos, trabajó duro por plantear un conjunto de teorías sobre por qué somos como somos. En ese sentido era como Gallegos y Uslar Pietri, aunque no tuviera su fineza literaria: usaba la novela para proponer, o dictar, su explicación sobre nuestros males.

Y esa explicación era amarga. Herrera Luque decía que la endogamia hizo de los nobles españoles gente depresiva, violenta e indecisa que no era capaz de gobernar un imperio con verdadera disciplina, por lo que toda clase de aventureros de mala entraña se ocuparon de trasplantar la cultura hispánica, que apenas dejaba la Edad Media, a estos paisajes ajenos donde se desataría una feroz carrera por los recursos, una promiscuidad social y una corrupción crónica que explica por qué hoy somos como somos. Esas tesis nos pueden sonar reduccionistas hoy, pero mucha gente las abrazó como ciertas, y las incorporó a su mirada fatalista sobre los venezolanos. Lo que se vendía como historia fabulada fue comprado, por miles de personas, como historia cierta y definitiva.

A Herrera Luque hay que reconocerle sus muchas virtudes y el lugar que se ganó, a punta de trabajo, en nuestra conciencia.

Y era porque Herrera Luque estaba brindando un servicio que el resto de la cultura no sabía brindar como él, o que al menos no era recibido como las jugosas novelas del psiquiatra. La gente quería entender mejor su país, ver el pasado más allá de las estatuas con sables y caballos, ver a los personajes históricos comportarse como seres humanos, y él ofreció respuestas a las preguntas, que funcionaban aunque fueran hipótesis que los historiadores profesionales no tenían razones para querer sustentar o difundir. Ofreció imágenes, emoción, adrenalina. A veces lo hizo muy bien, como en La luna de Fausto, su otra novela de la Conquista. Y conseguir el éxito comercial a la vez que el artístico es raro. En cualquier caso, a Herrera Luque hay que reconocerle sus muchas virtudes y el lugar que se ganó, a punta de trabajo, en nuestra conciencia.

Como yo mismo estaba escribiendo una novela histórica, decidí leer o releer clásicos del género en nuestra literatura. Pasé por Doña Bárbara, Las lanzas coloradas, País portátil y Doña Inés contra el olvido. Cerré con la que menos me gusta del grupo, Los amos del valle. Hay varias más a las que volver, a las que descubrir. De Gallegos hay que leer, al menos, Canaima, mi favorita dentro de la obra suya que he leído. De Uslar Pietri, Oficio de difuntos y La visita en el tiempo, aunque yo prefiero el Uslar Pietri ensayista y cronista. De la breve obra publicada de Adriano González León hay que rescatar sus cuentos y su última novela, Viejo. De Ana Teresa Torres, todo lo que se pueda: sus ensayos, sus diarios y su ficción en varios subgéneros como el policial, el histórico, el erótico y la distopía. Hay muchas más grandes obras de la narrativa venezolana que nos permiten asomarnos a nuestro pasado, como la audaz Cubagua, de Enrique Bernardo Núñez; Fiebre, Casas muertas y Lope de Aguirre, príncipe de la libertad de Miguel Otero Silva; y una de mis predilectas, El osario de Dios, de Alfredo Armas Alfonzo. 

Todos tenemos nuestros gustos y nuestras búsquedas: lo importante es recordar que siempre podemos acudir a nuestra rica cultura, nuestra herencia, que está ahí para que la aprovechemos.