El chavismo restauró la vieja violencia política como arma del Estado
El asesinato, la tortura y la crueldad política han sido una constante en nuestra historia, pero se potenciaron en este presente de casi tres décadas

Hace unas pocas semanas, el periodista argentino Martín Caparrós recordaba en un evento del 50 aniversario del diario español El País que el primer lugar del mundo donde había sido abolida la pena de muerte había sido Venezuela en 1864. Eran los tiempos del mariscal Juan Crisóstomo Falcón y la palabra federación se había convertido en el epítome de la solución a todos los males nacionales en una república joven, devastada y vacía.
Aunque en el papel esto fue así, en la práctica tenemos a Antonio Guzmán Blanco, formado en las filas federales y convertido en líder máximo de la Causa Liberal, decretando en 1872 el fusilamiento de su antiguo aliado, el caudillo Matías Salazar. En menos de una década, esta declaración de principios había sido fácilmente anulada por uno de sus promotores.
Las autodenominadas revoluciones continuaron minando la vida nacional hasta que Cipriano Castro y su compadre Juan Vicente Gómez las derrotaron a todas y proclamaron la restauración de los principios liberales. “Nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos”, declamaba el hombre que mudó el despacho presidencial de la Casa Amarilla al Palacio de Miraflores.
Pero, al tener ya consolidado su régimen y disponer de sus días para su vanagloria y gozo festivo, en 1907, entre el delirio y la muestra de una fuerza bruta, ordenó el fusilamiento de su gran opositor, el general Antonio Paredes, tras interceptar una pretendida nueva revolución. Luego de enviarlo al paredón, Castro no permaneció mucho tiempo más. A finales de 1908, Gómez le dio un golpe de palacio, justificando en el crimen contra Paredes la razón para que su antiguo compadre más nunca entrara a Venezuela.
El gomecismo fue cruel, torturó y encerró a sus opositores. No obstante, se cuidó de este tipo de episodios. Los venció en las cárceles y en la refriega militar para mantener su orden sepulcral. No fue hasta la década militar cuando se tuvieron noticias de ejecuciones, pudiésemos decir, sumarias, contra militantes en la resistencia de Acción Democrática y líderes sindicales.
Quizás el gran drama venezolano no ha sido únicamente la repetición de la violencia, sino la incapacidad de convertir plenamente sus tragedias en memoria republicana.
Así, transmutados en nombres de barrios y sectores, quedaron en la memoria Leonardo Ruiz Pineda, Antonio Pinto Salinas o Luis Hurtado. Las torturas de la Seguridad Nacional, los días en el campo de concentración de Guasina, se convirtieron en anécdotas en un hilo histórico formado por este tipo de violencia política.
Luego, la gran palabra aglutinadora fue Democracia. En este sistema el país había logrado encontrarse en mayor pluralidad, libertades y desarrollo social. Eso sí, se cometieron excesos en medio de la lucha antiguerrillera y así quedaron, entre otros, los nombres de Alberto Lovera y Jorge Rodríguez padre, casos que fueron denunciados abiertamente en medios y frente a los cuales se buscó alguna forma de justicia.
Ya en la década de los ochenta tendremos las ejecuciones de los falsos positivos de la Masacre de El Amparo y el desmadre represivo de El Caracazo, momento en el que el sistema debió haberse visto más en sus errores y asumir formas más profundas de reparación. Aunque la violencia política no desapareció con la democracia, había dejado de asumirse como horizonte natural de la vida pública. El problema fue que muchas de sus heridas quedaron mal cerradas y convertidas en resentimiento.
El retorno del horror
La constitución de 1999 nació con la idea de refundar la República y hacerla “Bolivariana”. En un primer momento, esto significaba derrotar a la corrupción, construir una “democracia participativa” y borrar todo rastro de lo que empezaron a llamar “Cuarta República”. Esa refundación finalmente significó reutilizar y multiplicar los males del pasado y una sistemática batalla contra la resistencia democrática.
La crueldad se hizo presente rápidamente, desde la impunidad y ligereza con la que se trataron los asesinatos del 11 de abril de 2002, los tiroteos en Plaza Altamira en diciembre de ese mismo año o el asesinato político al cuestionado fiscal Danilo Anderson y la posterior cacería de brujas, hasta el incremento exponencial de la represión en 2014, 2017, 2019 y el gran miedo luego del 28 de julio de 2024. Una crueldad llena de nuevas y numerosas historias de muertes bajo la indolencia o la custodia del Estado, desde Franklin Brito, pasando por Fernando Albán, Baduel, Rodolfo González “El Aviador”, las ejecuciones extrajudiciales y los casos que aún desconocemos.
El viacrucis de Carmen Navas para saber de su hijo, y la crueldad con la que escondieron la muerte de este, Víctor Hugo Quero, han conmocionado a la sociedad venezolana, que ve a las madres en el dolor y la indignación nacional, y que tiene en las mujeres su mayor resistencia pacífica.
Decía una vieja melodía popular, recopilada por Aquiles Nazoa, y cantada por Simón Díaz en su segundo volumen de Tonadas (1976): “Niña que bordas la blanca tela, niña que tejes en tu telar, bórdame el mapa de Venezuela y un pañuelito para llorar”. Quizás el gran drama venezolano no ha sido únicamente la repetición de la violencia, sino la incapacidad de convertir plenamente sus tragedias en memoria republicana.
Cada vez que el dolor se vuelve únicamente anécdota o consigna, el país sigue habitado por los mismos monstruos y fantasmas. Pero, así como hemos tenido esta tradición de asesinato y crueldad política, que hoy se multiplican en la tragedia familiar y en el horror compartido, en cada ocasión los venezolanos nos hemos conmovido profundamente ante las injusticias, y eso nos ha llevado a movilizarnos para transformar la penumbra en momentos más luminosos de nuestra república. Que el venidero sea no solo luminoso, sino mucho más duradero.
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